Lunes Analíticos
El duelo, ese oscuro telón que se cierne sobre nuestras pérdidas, fue el motivo de un ensayo excelente de Sigmund Freud, Duelo y Melancolía, publicado en (1917) donde se encuentra esta frase: "Universalmente se observa que el hombre no abandona de buen grado una posicion libidinal ni aun cuando su sustituto ya asoma" y es esta renuencia, esta lentitud de su libido lo que asegura su carácter pulsional. Esto es que una pulsión es - según Freud - extremadamente conservadora, lo que quiere decir que cuando encuentra un objeto donde satisfacerse, lo sostiene contra viento y marea (y contra muchos intentos analíticos). Lo grave aquí es que el objeto ya no existe más, al menos como objeto de la libido y eso pone en cuestión su permanencia, cuestion que será negada por una posición de tristeza y en los casos mas severos por una melancolia que no encuentra punto de salida.
Que seamos conservadores en el campo pulsional, supuso para el análisis un desafío verdaderamente revolucionario, cuya pregunta es cómo hacer para que la falta, la ausencia, lo que no está, sea un agujero en el tejido simbólico y permita, por esa condición que "una vez que se ha cumplido el trabajo del duelo, el yo se vuelve otra vez libre y desinhibido", como lo expresa Freud en el texto que comentamos. El sujeto es reacio a considerar sus pérdidas y el mundo moderno parece acompañarlo muy bien en ese movimiento. La promoción contemporánea del yo, al estilo del "tu puedes" que vemos aparecer en numerosas propagandas tecnológicas de la subjetividad, sostiene un culto a sí mismo, que rápidamente se desploma ante la menor aparición de la falta en cualquier campo de la vida humana. Así, me parece que la civilización moderna tiende a constituirse sobre un horror al vacío que lleva al sujeto a practicar lo que se ha dado en llamar - eufemísticamente - la depresión de forma mas frecuente y profunda que antaño. ¿Porqué llamo eufemístico al denominador moderno? Todos sabemos que un eufemismo es una palabra o expresión utilizada para denominar a otra palabra que se considera de mal gusto y es de este modo que la tristeza o su precipitación melancólica estan consideradas - en la modernidad - de mal gusto, esto es lo que no debe nombrarse. Y al no nombrarse, no existe.
Freud, que era insistente y poco dado a respetar las convenciones sociales, encontró en el estudio de la melancolía una movimiento inconsciente del yo hacia el objeto amado que perturbaba el duelo normal. Ese movimiento era una pieza del odio, del rechazo al objeto que, como el melancólico no puede tolerar se vuelve sobre sí mismo y lo esclaviza y como afirma Freud, ese sadismo inconciente "nos revela esa inclinación al suicidio por el cual la melancolía se vuelve tan interesante y....peligrosa" ya que el objeto perdido es aquí sustituído por el yo y entonces es éste quien colecta el odio que no puede ser dirigido hacia lo que se perdió. A diferencia del duelo, donde algo del objeto es admitido como ausente y por ello ya imposible de ser destinatario de nuestro amor u odio, el melancólico hace para el objeto un altar en su propio yo y por imperio de la identificación, se precipita en el sacrificio.
En un pasado, cuando la melancolía era no sólo una posicion subjetiva sino mas bien una caracterizacion social, había para esta afección una posibilidad literaria o musical, una figura en las artes que acogía a estos sujetos, tristes o melancólicos que podían así grabar su desdicha en objetos socialmente apreciados y eso permitía, creo, una salida distinta. Incluso se llegó a afirmar que la melancolía era un rasgo deseado de la literatura y la vida social, pero claro esta melancolía estaba tramada culturalmente y como tal, se constituía en una pieza de la reflexión y la evocación.
Lacan, no sólo afirmó que la tristeza era un pecado, a la manera de los antiguos, como una forma de despreciar los bienes que el azar o nuestros esfuerzos nos consiguen y luego se van, sino que también destacó que la alegría era una buena pasión y que no convenía el semblante de analista melancólico, sino mas bien de alguien que afirma que la vida tiene un valor por sí misma.
Es allí donde la literatura de la picaresca, llamese Quevedo o Rabelais, al exaltar un cierto goce del vivir, mantiene, de manera inestable, una cordura riente, si tal expresión es posible, frente a la locura generalizada de los seres hablantes.
Es por eso que concluiré esta reflexion sobre las pérdidas mostrando en el final de un hermoso libro de Olga Orozco, maravillosa poeta argentina, estas lineas que hablan de la pérdida de su gata, Berenice y de lo que ella extrajo de ese dolor.
"Pero déjame en el aire la sonrisa:
la leve vibración que azogue un trozo de este cristal de ausencia,
la pequeña vigilia tatuada en la llama viva de un rincón,
una tierna señal que horade una por una las hojas de este duro calendario de nieve.
Dejame tu sonrisa
a manera de perpetua guardiana,
Berenice"
Y ahí en ese canto advertimos que Berenice, para Olga Orozco, sonreía, gesto poco frecuente en una gata, por lo que me parece que es la invención lo que puede detener la tristeza, aunque sea una sonrisa que vuelve como reflejo de la escritora, desde el vacío de una ausencia que se mantiene.

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