Lunes Analíticos
El final de ese largo y luminoso escrito de Jacques Lacan llamado "Función y Campo de la Palabra y el Lenguaje en Psicoanálisis" nos sorprende con una referencia interesantísima. La que desgrana, una a una las palabras de del primer Brahmana de la quinta lección del gran Upanishad del Bosque y en ella encontramos una afirmación que se repite tres veces: los poderes (de arriba, los humanos y los de abajo) se someten, se reconocen y resuenan tanto en la ley, en el don y en la invocación de la palabra.
Con esta afirmación (tomada de un texto discordante a los textos canónicos occidentales) Lacan pretendía situar la supremacía de la palabra en el campo del lenguaje sobre el yo y la conciencia del sujeto humano. Pretendía también una relectura del concepto freudiano de inconsciente, relectura que iba a transformarlo finalmente en un puro efecto de la lengua.
Es sabido que la ciencias (y esto nos lo ha enseñado Lacan pero también un epistemólogo de la calidad de Koyré) tienden a disolver la noción de causa en una generalización más practica pero también mas ciega que llaman la ley. Una vez que una ley ha sido comprobada y chequeada numerosas veces en el altar de la observación cuidadosa o el experimento científico el eleva al plano de la explicación de numerosos fenómenos y en su ámbito, reina incuestionable, por lo menos por algunos años. Mientras que la causa se instala en un terreno menos generalizable, las causas son causas particulares y además se perciben, a veces brumosamente, en circunstancias específicas y modalidades temporales estrictas. A diferencia de la ley, la causa, en su particularidad, tiene fecha y hora de su aparición, tiene lugares precisos de su acción y, en la medida que irradia los efectos, no se deja atrapara tan explícitamente en un enunciado científico. Es por estas razones que la ley tiende a sacrificarlas en el altar del para todos aristotélico, donde no caben, por el momento excepciones. Por eso un historiador como Alexander Koyré precisó que el momento en que una ciencia se constituye como tal, en que una teoría alcanza su efectividad y adviene, por eso a la existencia simbólica, es crucial para entender lo que será la ciencia que después se desarrollará a partir de ella. Las referencias históricas - pese a los gruñidos del ultimo Lacan al respecto - tienen esa función de pesquisar esa juntura entre lo simbólico y lo real en su estado naciente lo que permite entrever, a veces solo por instantes fugaces, lo que la causa jugó en su constitución.
El psicoanálisis, tiende a reabrir esa juntura, en el caso del sujeto humano y si nos asomamos a ese abismo donde el deseo del Otro y su producto, un objeto causante de nuestro goce juegan numerosas partidas es solo porque estamos sostenidos por esa ficción llamada la transferencia que hace de nuestro analista un Otro capaz de sostenernos, alentarnos y acompañarnos en un recorrido tan diverso como el de un análisis.
Pero entonces, advertimos porque Lacan le negó al psicoanálisis la categoría de ciencia, incluso lo comentó burlonamente con una referencia a Popper en el Seminario 25 diciendo que es "irrefutable". Advertimos que esa apertura de lo mas particular del sujeto, de su camino hacia su causa, no puede ser inscripta bajo el epígrafe de una ley, ya que esa senda es absolutamente singular y es por eso que Freud, en sus consejos técnicos indicó algo de la apertura y el cierre de un análisis - comparándolo con el ajedrez- pero señalo con claridad que es imposible tipificar su desarrollo ya que depende de esa dignidad solitaria y singular del ser hablante. Esa dignidad no puede captarla la ciencia, es muchas veces burlada por la política y oscurecida por el discurso religioso.
Entonces para volver a la frase de cierre del escrito de Lacan, debemos señalar que la referencia al texto hindú, conlleva, subrepticiamente otra referencia, la destinada a Thomas Eliot, poeta británico, el cual con su Tierra Baldía iba a revolucionar la poesía contemporánea. Justamente, la cita de este texto está también en el poema, cuando Eliot afirma que "La jungla se agacho, encorvándose en silencio/ Entonces habló el trueno" y lo que el trueno dice es damyata, es decir domaos, datta, o sea dad y dayadhavam, que significa haced merced, es decir lo que para Eliot es el camino para que el hombre pueda poner sus tierras en orden. Y lo es también en esta época para Lacan: situarse en sumisión al significante, percibir el don que solo es posible en la experiencia simbólica del amor y reconocerse por la función de la palabra. Y eso lo que el psicoanálisis trae de nuevo al mundo: la función poética del lenguaje que hace comprender - como lo dice muy bien el texto de Lacan - que es en el don de la palabra donde "reside toda la realidad de sus efectos" pues es "por la vía de ese don por donde toda realidad ha llegado al hombre". La operación del lenguaje y la palabra - aunque no suficiente, aunque no conclusiva muchas veces - sigue siendo hoy lo que el analista puede esgrimir en su táctica incluso cuando utilice para hacerse oír el silencio.

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