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 Lunes Analíticos


En el Seminario 23, Jacques Lacan afirma que "las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho que hay un decir" con lo cual define, creo, una forma de entender la satisfacción pulsional de una forma completamente nueva, que se sostiene del hecho que hay un decir, esto afirma que es de la enunciación el Otro que se engendra esa forma de tender a una satisfaccion que llamamos la pulsion.
Desde luego que esta manera está alejadísima de aquellas que reducían la pulsion a lo organico corporal, sin advertir que la causacion de la misma está muy distante de las combinaciones fisico-quimicas que sostienen nuestro organismo. 

Si es el decir del Otro el que va a enloquecernos con un goce que se encarnará en nuestro cuerpo, hay suponer que éste contiene cierta disposición para consonar (asi sigue diciendo) con esas palabras proferidas sin pensar, con ese murmullo de fonemas con que se acuna al recién nacido procurando instalar en el un confort que, a veces, se convierte en alteración. Esa disposicion esta presente en el cuerpo en la forma de sus orificios "entre los cuales el mas importante es la oreja, porque no puede taponarse, clausurarse, cerrarse. Por esta vía responde en el cuerpo lo que he llamado la voz". La oreja, inaugura aquí un nuevo tipo de pulsión - que no imaginó Freud - consistente con el hecho de que los murmullos ajenos causan una excitación en el cuerpo, que no puede ser reducida al sentido de lo que se dice, sino simplemente a su existencia como fenomeno acústico. 

Fenómeno acústico que proviene del Otro que está sosteniendo a sujeto en la vida, y cuyas emisiones acompañan al niño ocasionando su jubilo o su angustia. La voz es así un objeto pulsional cuya capacidad de causar un goce totalmente pretérito inaugura una nueva manera de dirigir la busqueda de satisfacciónes inconcientes de un ser hablante cualquiera.

La literatura ha procurado - quizás sin saberlo - reconstruir esta voz que contribuye a nuestra causación como sujetos y ha multiplicado las voces de un texto. Se habla del narrador protagonista (que es quien cuenta la historia en cuestión) del narrador testigo (simple espectador de un acontecer), del monólogo interior (que es esa voz tácita de un protagonista consigo mismo) sin lograrlo acabadamente, puesto que al multiplicar las voces ha afirmado, que la voz, como objeto causa de la pulsión ya no está ahí, y que esas voces que pululan en un texto hacen las veces de sustitutos insatisfactorios de esa voz que causa a todas las voces, pero no se oye, no puede oirse porque es sólo una ausencia, como objeto pulsional ha producido el  agujero por el que se cuelan esas sustituciones, ese parloteo que intenta recuperar inutilmente algo del goce producido por un decir que ni siquiera era conciente de si mismo. Ese fragmento desconocido del Otro, desaparece y sólo queda una ausencia que inaugura ese movimiento infinito de satisfacción que Freud llamó pulsión y que Lacan ha preferido designar como deriva, estremecimiento de un cuerpo ante el hecho de decir que ha conmovido hasta la locura, a veces, ese cuerpo y que nos lanza en búsquedas imposibles y desmesuradas.

Esa voz, que en la psicosis retorna desde lo real, profierendo ordenes, jaculatorias, indicaciones sin sentido, que conducen al sujeto hacia destinos peligrosos, es también un sustituto que se produce porque se ha eludido la castración como forma de percibir una ausencia en lo simbólico, como manera de concebir un cuerpo afectado por faltas que hacen a la existencia misma. La psicosis, por el contrario, aspira a una eternidad esencial, cuya parodia neurótica lo constituye la eternidad obsesiva, hecha de un Otro cuyas demandas se pretender satisfacer sin dudarlo, para que no surja la aterradora pregunta sobre lo que quieres, proferida por otra parte por una voz estremecedora, tal como se dice en el texto de Cazotte, el Diablo Enamorado. 

Porque en verdad la voz es áfona. Esto es, constituida en objeto pulsional no suena, sino mas bien  consuena en el cuerpo y es de esos efectos que advertimos su existencia. Solo se positiviza en la alucinación auditiva.  Causado en cierta forma por una voz, el sujeto se dirige hacia esos objetos sustitutos, la música, el arte, donde encontrará un eco de lo perdido, en la mejor de la circunstancias.



                                                                                              

                                 



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