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 Lunes Analiticos

Una observación aguda de Sigmund Freud, nos pone sobre la pista de un particular destino de los montantes energéticos o, si quieren de la dimension de gozo y deseo que hay bajo las representaciones en una neurosis cualquiera. El caso en cuestión, harto conocido, es el del pequeño Hans, una fobia infantil que tiene la ventaja de mostrarnos el conflicto bajo una forma sintomática en suspenso (con esto quiero decir que no entrega aún su color sintomático de histeria o obsesión) como lo es una fobia a los caballos.
Sabido es que Hans padecía una fobia a ser mordido por un caballo. Lo valioso de la observación freudiana es que nos revela el verdadero carácter del sintoma. Dice Freud: "no podemos designar como síntoma la angustia de esta fobia; si el pequeño Hans, que esta enamorado de su madre, mostrara angustia frente al padre, no tendríamos derecho alguno a atribuirle una neurosis, una fobia" y continúa, "Lo que la convierte en neurosis es, unica y exclusivamente, otro rasgo: la sustitución del padre por el caballo" señalando que lo que marca esta transformación está constituído por el mecanismo de desplazamiento, mecanismo que le permite afrontar el conflicto de ambivalencia sin acudir a una formación reactiva. Unos parrafos antes había situado como posible de resolucion de este conflicto la creación de una formación reactiva en la cual una de las dos mociones en pugna se refuerza enormemente y la otra permanece sofocada en el inconsciente. Aqui lo crucial es lo que Freud llama una ambivalencia afectiva, es decir, una relación con el padre que mantiene "un amor bien fundado y un odio no menos justificado".
Entonces el síntoma, supone un desplazamiento. Cualquier otra actitud tal como la tristeza o el temor no bastan para constituirlo, ni para declarar una estructura neurótica. Lo interesante de este planteamiento freudiano es que no hace del malestar subjetivo indiferenciado un sintoma, sino que lo refiere a una estructura de una simplicidad precisa: es lo que está desplazado. Asi, las representaciones se alejan de la conciencia, pero el montante energetico plantea algunos problemas, ya que la moción pulsional que dio lugar al sintoma es un impulso hostil referido al padre, pero lo que se desprende del sintoma es un temor a ser mordido por el caballo, esto es, un actitud pasiva frente a lo que antes se revelaba como un profundo rechazo a la figura paterna. Hay pues, aquí una transformación que no convence del todo a Freud, esto es, no basta el desplazamiento hacia el caballo para otorgar totalmente carta de ciudadania al sintoma. Hay algo más, y ese algo más, es lo que Freud va a pesquisar como movimientos de la carga pulsional, como desplazamientos del deseo y de la satisfacción, enigmáticos, pero no imposibles de comprender.
El paso siguiente es evocar ciertas leyendas o cuentos infantiles donde aparece el temor a ser devorado por un personaje superior, cuya significación paterna no se le escapa, pero a la vez señala analogías provenientes de la mitología (Cronos) y de la vida animal. Pero ¿por qué es aquí es ser devorado lo que se plantea como una posibilidad fantástica? Es que - responde Freud - devorado es aqui la expresión de una actitud tierna pasiva, se trata en suma de ser gozado eróticamente por el padre. Aquí, encuentra un modo mas eficaz que la represión para tratar a la pulsión, ese quantum misterioso de energía, que no se deja doblegar. Ya que "si el yo consigue llevar a la pulsion a la regresion, en el fondo la daña de manera más enérgica que de lo que sería posible mediante la represión". De este modo la agresión cambia de curso, se dirige ahora hacia la propia persona y al mismo tiempo hay una degradación hacia la oralidad al situar el miedo a ser mordido por el caballo como fundamental. Asimismo destaca que una moción amorosa respecto al padre es disminuida, por el acrecentamiento de la agresión hacia él y las mociones amorosas dirigidas hacia la madre se cancelan, al menos conscientemente. El corazón mismo del complejo de Edipo sufre una descomposición estructural que permite la conformacion de la fobia y el complejo de castración es rechazado (en Hans sólo parcialmente lo que se confirma por su evolución posterior) lo que implica el aparentemente complicado lenguaje de Freud al describir los movimientos libidinales de esta fase.
Pero hay más (el comentario se asemeja a un acto de prestidigitación donde nuestro psicoanalista va extrayendo nociones, movimientos y complejos a cual más sorprendente, mostrando así la complejidad que subyace a un síntoma). En efecto la causa de todo estos desplazamiento no es más que la angustia de castración, este es el único "motivo de la represión" donde el afecto angustioso de la fobia no procede del contenido reprimido, sino de la castración misma que aquí Freud convierte en angustia realista dado el peso de la incidencia de la castración, que para él sólo puede provenir de lo real mismo.
Concluye este capítulo afirmando que la angustia de las fobias son angustias del yo, frente a las exigencias de la libido. Una conclusión que Jacques Lacan iba a convertir en piedra angular de su elaboración de las fobias cuando afirmara, treinta y dos años mas tarde que el objeto fobico no era más que un significante "para todo uso para suplir la falta en el Otro", lugar adonde esas exigencias libidinales apuntaban toda vez que ese Otro, encarnado por el padre de Hans, un sujeto inteligente y despierto, pero decidadamente débil para sostener ese lugar paterno, se conviertiera - por el amor inconfeso de su hijo - en el rasgo distintivo de su sufrimiento.



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