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 Lunes Analiticos 


"No entres dócilmente en esa buena noche /Que al final del día debería la vejez arder y delirar;/ Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz" escribió una vez Dylan Thomas ante la muerte de su padre. Y en su gesto de rabia y de dolor comprendemos la rebelión del hombre ante la muerte, su estado de estupor ante una realidad que resulta dificil de aceptar y sobre todo que en tanto es inevitable. Pero aún mas dificil es tolerar que en nuestro ser, habita una tendencia hacia la muerte, un oscuro goce que hace que ese final resulte deseado y todavía más, ejercido con una notable indiferencia.

Sigmund Freud, que tenía una perspicacia sorprendente anotó en uno de sus escritos mas tempranos - "Sobre el mecanismo psiquico de la desmemoria" (1898) - una coincidencia entre la muerte y la sexualidad atribuída aquí a los bosnios, los cuales cuando pierden su capacidad viril con la edad, suelen comentar que "cuando eso ya no ande, la vida perderá todo valor". El enlace entre la falta de goce y la muerte es aquí evidente, pero me permito sugerir una ampliación de esa conexion. Y es que cuando la satisfacción de vivir se retira es cuando otra satisfacción, mas oscura y menos evidente se hace presente, la satisfacción de morir. Y esto porque como lo señaló Jacques Lacan el goce es una constante mientras el cuerpo tiene vida y, en sus ultimos instantes, es el goce quien sostiene al sujeto.

Pero mas allá de estos momentos finales, lo cierto es que esta dificil asociación fué sostenida por Freud con la creación de un concepto, el de pulsión de muerte, que unía estos objetivos aparentemente antitéticos, la sexualidad y la muerte. En primer lugar porque el ejercicio de la primera - dice Freud - anticipa no sólo con el apice del placer, la experiencia de la finitud, sino porque lo que a veces surge de alli, esto es la descendencia, anota también un final de nuestra vida. Pero más decisivas que estas observaciones es el grado de reversibilidad que sostienen a veces nuestras pasiones. Grado de reversibilidad que llevaron a Jacques Lacan, al forjamiento de una palabra, la odioenamoración, que muestra ese punto de exceso donde los mas grandes amores concluyen a veces en el odio mas profundo y los rechazos mas agudos se embotan frecuentemente con una pasion amorosa que estalla y nos sorprende. 

Para Freud, el odio era una pasión mas antigua que el amor. Centraba su observación en que en un principio, para la constitución del aparato psíquico, la expulsion hacia la realidad de lo que no era compatible con su experiencia, era articulado por el odio. En cierto modo nos instalábamos en el mundo gracias a un movimiento de rechazo que nos permitia distinguir entre el yo y el no-yo por un movimiento discriminatorio fundamental que ejecutaba el aparato naciente. Sin esa disputa con la realidad exterior, nuestro ser se hubiera confundido con el mundo. El amor venía después y era - para Freud - un intento de recuperacion por medio de una fusión fracasada, de todo aquello que habíamos perdido para constituirnos como sujetos. El exito inicial del odio - en el sentido de ser capaz de individualizarnos - era el posterior fracaso del amor. Nunca llegaríamos a unirnos con el otro de manera plena, puesto que nuestro ser pulsional llama al trozamiento del semejante para poder satisfacernos. Este trozamiento, es - en la mayoría de los casos - puramente simbólico. De nuestro partenaire sexual recordamos fragmentos, una mirada, un decir, una forma de pararse o de tenderse, un tono de voz por mas esfuerzos que hagamos por restituir una totalidad. En la  tensión entre el amor que busca una unidad perdida y el odio que rompe lazos para distinguirnos, se tiende el drama sempiterno de las mal llamadas parejas, cuyos movimientos de encuentro y desencuentro trazan las lineas de una vida.

En Lacan, la danza se establece entre el Uno pulsional cuyos esfuerzos por alcanzar a un partenaire se ven siempre frustrados porque su satisfacción se establece a través de la premisa fálica, que reduce el goce a un retorno sobre el propio cuerpo y la inexistencia del Otro, que, sin embargo, es buscado afanosamente por los seres hablantes en la relación con los otros, existentes, pero incapaces de satisfacer el deseo que se renueva incesante y, a veces, con trágicos resultados. La pulsión que Lacan no concibe en dos tipos, sino en uno solo y que en su movimiento de trazado de la vida concluye inevitablemente en la muerte, según la frase de Heráclito que recuerda en su Seminario XI "El nombre del arco significa vida, y su obra es muerte", responde a una lógica de la satisfacción que comienza y termina en su zona erógena. Sólo la creencia en el amor, permite en Lacan, un frágil puente entre los seres y su ejercicio nos engaña, pero nos permite vivir sin que pueda extinguir ni los deseos ni los goces de cada uno. La pasión que aquí resulta la más significativa no es ni el odio, ni el amor, sino la ignorancia, pasión que puede conducir al sujeto en un camino de saber algo de su deseo, saber que atempera el impulso mortal que existe en las otras dos pasiones. La pasion por la ignorancia no es el deseo de saber, que por otra parte Lacan reconoció hacia el final de su enseñanza que no era posible, sino un límite, un toque de la castración sobre ese impulso, que, nos impulsa a aprender siempre y a sorprendernos ante lo real que rebasa nuestros pocos o muchos saberes.

En un mundo donde la negación de la muerte se vuelve cada vez más audaz y sorda a cualquier argumento y donde, correlativamente, la destruccion de pueblos, ciudades y comunidades se hace cada vez más cotidiana, no es banal recordar que esa frase de Lacan con la cual termina su Seminario X: ""El amor, que en opinión de algunos hemos querido degradar, sólo puede postularse en ese mas allá, donde, para empezar, renuncia a su objeto". Así comprendemos que hay algo que como hombres modernos no queremos perder y por eso estamos perdiendo la vida misma.




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