Lunes Analíticos
En un libro, publicado en 1985, de Raymond Carver, llamado Donde el agua se junta con las otras aguas, encontramos el siguiente poema, el cual transcribo entero para que nos demos una idea cierta de su contenido. El poema se titula La Caña de pescar del ahogado:
Al principio no la quería usar.
Luego pensé: No, me revelará
secretos y me dará suerte,
que es lo que entonces necesitaba.
Además me la dejó a mí
cuando fué a bañarse aquella vez.
Poco después conocí a dos mujeres.
Una amaba la ópera y la otra
era una borracha que había pasado una temporada
en la cárcel. Me lié con una de ellas
y empecé a beber y a discutir sin parar.
Increíble como esa mujer podía cantar y seguir bebiendo.
Fuimos de cabeza al fondo.
El poema plantea con toda claridad una creencia frecuente entre los neuróticos: que los objetos desplazan las propiedades y el destino de una persona hacia otra, mediante la simple posesión del objeto, apreciado por la primera. La prima de placer que se anticipa y constituye el engaño de la repetición no es más que un saber ("me revelará secretos"). Además el sujeto se supone elegido por el antiguo poseedor de la caña de pescar. Esta misma se constituye en el atractor que lleva, por una aparente casualidad, a enredar la vida del nuevo propietario con la de dos mujeres. Es interesante que las propiedades de las mujeres se confunden finalmente en una sóla ("como esa mujer podía cantar y seguir bebiendo"). El destino final es una metáfora del ahogamiento, donde ambos se precipitan en la perdición ultima, que la caña de pescar transmite de manera imperceptible entre una persona y otra.
Ya Freud en Psicopatología de la Vida Cotidiana (1901) había indicado que las supersticiones relativas a la influencia de los objetos sobre la vida de las personas, reposan en un represión que desconoce los verdaderos motivos por los cuales obramos con un objeto, de una u otra manera. Transfieriendo al mundo exterior (esto es a unos objetos cualesquiera) las propiedades "magicas" capaces de operar de acuerdo a nuestros deseos mas profundos, hemos construido - dice - una concepción mitológica del mundo en el cual las cosas y sus circunstancias sostienen lo que nosotros no nos animamos a confesarnos directamente. Incluso agrega que el romano que al tropezar en el umbral de su casa renunciaba a una acción que iba a emprender, dado que ese tropiezo indicaba para el una vacilación en sus propósitos, ese sujeto tenía noticias de su inconsciente, aun cuando no tuviera concepción científica alguna sobre el mismo. La neurosis es para Freud, en este sentido, una negativa a reconocer una fuerza capaz de alterar nuestros propósitos, pero ubicada, en nuestro interior. Por eso mismo se la suele transferir hacia afuera, allí donde nuestra responsabilidad queda precisamente disminuída. Lacan, diría, al respecto que es la emergencia del sujeto del inconsciente lo que se evita o si queremos ser mas modernos, la aparición de ese ser hablante cuya trama de deseos y goces constituye la causa de nuestras desgracias y alegrías.
La repetición, esencia misma de la pulsión es un movimiento que los seres humanos no estamos dispuestos a reconocer aún hoy. En efecto que en un mundo donde la libertad (vaciada de su sentido central) está promovida como un valor solitario y absoluto de la vida humana, que los sujetos vengan a repetir lo inexacto, lo doloroso, lo falso, lo incompleto y lo torturante es realmente un escandalo que las inteligencias dominantes no estan dispuestas a conceder. De ahí la promoción del error en su categoría cognoscitiva, donde repetir sería una falla de nuestro intelecto por no contar con toda la información necesaria y no una actividad necesaria de nuestra naturaleza. Puesto que el error puede ser rapidamente corregido dando al sujeto la información de la que carece, mientras que la repetición pulsional no es tan simple para corregir, y mas bien debe ser reorientada despues de un trabajo extenso donde la transferencia juega una partida fundamental. En efecto, es por la vía del amor en su vertiente positiva como por la del rechazo en su vertiente negativa que algo de la repetición puede ser transformado mínimamente procurando hacer de ella un nombre sintomático del sujeto y un camino hacia linderos mas deseantes que gozosos.
En la poesía, volviendo a Carver, vemos que el fenómeno aparece elaborado exquisitamente, como un diamante de rara belleza, procurando (al lector) que esa fascinación de lo bello y de lo ingenioso (otro nombre de la belleza en poesía) atrape nuestra mirada y nos aleje por un instante del sufrimiento.
En el psicoanalisis, en cambio, no procuramos ese encantamiento, ni ese solaz, sino despejar la fuerza de repetición que los objetos, las personas y las circuntancias poseen, refiriéndolas a la media verdad que emerge del inconsciente y al goce que nos causa en su registro real, para lograr que aunque sea por un instante, despertemos hacia otra escena, donde, como afirmaba Lacan, es posible realizar algo del amor mas allá de sus espejismos.

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