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 Lunes Analíticos


Desde 1963, en su Seminario Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis, Lacan comienza a vislumbrar en su discurso sobre el amor una novedad fundamental: la posibilidad de la apertura, al final del análisis, lo que llama “un nuevo amor” y al que describe como postulándose en “ese mas allá donde, para empezar renuncia a su objeto”. Esta renuncia nos parece que es en primer lugar como decía Freud, una renuncia al amor de transferencia, o, mejor dicho, su transformación en transferencia de trabajo. En segundo lugar, tenemos que cualquier relación vivible con el otro sexo solo puede establecerse a partir de la metáfora paterna, de la regulación del Nombre del Padre sobre la apetencia de goce de los partenaires y de este modo evitar la aparición de un amor sin límites que destruiría la estructura misma del amor.

Seria, me parece, un nuevo amor, en tanto aceptaría la contingencia sin plegarse a la necesidad narcicistica de ser amado. En este sentido estaría dispuesto a renunciar a su objeto.

En segundo lugar, tendríamos lo expresado en el Atolondradicho (1974) sobre todo en lo referido a el amor y la diferencia, por lo que Lacan llama heterosexual a aquel que ama a las mujeres, en tanto ellas representan el Otro sexo, lo hétero. Este amor está planteado según lo diferente de los participantes. No diferencia en cuanto a su goce, sino en cuanto a su amor. En el hombre, por ejemplo, lo narcicistico tiende a retornar y a entorpecer el amor por una mujer, en tanto tienden a tratarlas como a sí mismo, lo cual es un error idiota.

El amor, al final de un análisis, permitiría a las mujeres, por el contrario, dejar de ser Otras (tal como lo plantea la histeria) incluso para sí mismas, pero tendría el peligro ya señalado en el Seminario XI que la característica de no toda en las mujeres, las arrastre más allá de la metáfora paterna hacia el escarnio y la locura.

En la actualidad, como vemos, el amor tiene cierta decadencia, cuando no locura. En nombre del amor se mata y se ahoga a la mujer, en nombre de su falta se abandona al hombre. Pero aquí poco importan los caracteres sexuales y de goce que el amor viene a suplir. Lo que nos interesa es su ausencia: hay del lado masculino (aun cuando haya mujeres que son expertas en esto) la capacidad para tocar y abandonar, como si el goce fálico fuera suficiente para asegurar algo. Hay también la cuota de sacrificio y escarnio que uno de los participantes hace (supuestamente) por el otro, cuando se abandona a su goce. Hay, sobre todo, un rasgo de finitud en la existencia de las relaciones amorosas que anticipan el goce de su pérdida durante los momentos mismos de su satisfacción.

No durar, esto nos parece la característica del amor en la actualidad. Transitoriedad, efecto pasajero, simple diversión de una noche o varias semanas, el amor parece no cavar nada en sus participantes, no dejar huella alguna evidente.

Quizás esto es para evitar lo que J.A. Miller llama el poder que el amado tiene sobre el amante, la capacidad de sumisión que despierta en él. Hace notar que en castellano se evidencia que “el amor es un fenómeno de amo”. También afirma, con justeza que querer ser amado es equivalente a castrar, a herir, por lo que el amor desemboca con mucha facilidad en el odio. Amar sería aquí odiar algo en el otro y eso que se odia es su autosuficiencia. Y es eso quizás lo que nos da el secreto de la fuga del amor de nuestra contemporaneidad: que el odio ha suplantado al amor y por eso no pedimos amor, por temor a que se desencadene el odio – directamente- como respuesta en el otro. La velocidad de la época se ha instalado en también en nuestros sentimientos. Rápidamente pasamos del amar (que implica mostrar la falta) a querer ser amados y que se desencadene el odio en el otro. De ahí el temor a los amores que duren, los que darían consistencia a este proceso que significaría querer castrar al otro para que demuestre su amor.

Es entonces una dificultad de ubicación de la falta simbólica lo que hace que el amor encuentre su descrédito en la actualidad, lo que hace que los “amores modernos” desemboquen muchas veces en la sistemática degradación del partenaire (para que muestre su falta de modo real) e incluso en su asesinato como modo de extremo de su nadificación. El amor moderno, tiende con mucha frecuencia a desembocar en el odio, y a persistir como tal.

Jacques Alain Miller, destaca que "cuando Lacan habla de invención, se entiende la diferencia entre un sujeto sometido a su condición de amor y un sujeto que no está ya sometido a ella, de tal manera que tiene una posibilidad de invención en ese campo que no tenía antes. Es decir, pasa de la necesidad a la contingencia. Para decirlo sin emplear la palabra deseo, pero apuntando a un deseo decidido, he utilizado la palabra voluntad. Una voluntad de amor” 

En este punto se ve con claridad que un nuevo amor es también una nueva posición del sujeto respecto a su objeto amoroso, una oportunidad de vivir el tiempo sin perder su contingencia, sostener una duración sin sentir un peso sobre nuestra existencia y hacer que el otro (el pequeño, el que no está afectado por unas mayúsculas que nos hacen preguntarnos eternamente) pueda darnos, de alguna manera, una respuesta que nos satisfaga de una manera singular.



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