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 Lunes Analíticos


Comenzaré esta reflexion con unas palabras de un enorme poeta, Charles Baudelaire, el iniciador de la poesía contemporánea. Afirma, en enero de 1860, en su prologo a Un comedor de Opio, que "En cualquier parte del mundo, la gran locura de la moral usurpa en todas las discusiones literarias el lugar de la pura literatura. Los Pontmartin y otros sermoneadores de salón atestan tanto los periódicos norteamericanos e ingleses como los nuestros. Y a propósito de las extrañas oraciones fúnebres que acompañaron la muerte de Edgar Poe, tuve ocasión de observar que el campo mortuorio de la literatura es menos respetado que el cementerio común, donde un reglamento policíaco protege las tumbas de los inocentes ultrajes de los animales". Esto lo dice cuando se dispone a evaluar la vida de Thomas de Quincey, autor del libro mencionado. Y es que la "gran locura de la moral" es el bastion del desconocimiento de los yoes humanos y no solamente para evaluar una gran literatura. La ceguera del yo resulta particularmente aguda, cuando se trata de juzgar al semejante, sin advertir que lo que muchas veces condenamos en el projimo no es mas que una version distorsionada de nosotros mismos. 

Freud, que conocía la función defensiva de estas afirmaciones destacó una vez que  " la sociedad alimenta un estado de hipocresía cultural al que por fuerza van aparejados un sentimiento de inseguridad y la necesidad de proteger esa labilidad innegable mediante la prohibición de la crítica y el examen" lo que unido a una promoción actual del yo y su función de desconocimiento alimentan la locura moral que hace mella en cualquier formación social presente.

¿Pero porqué la moral tiene esta función?  Porque su promoción desmedida asegura una funcion de desconocimiento de la division subjetiva que nos constituye a todos. Y es más, sostiene también un desconocimiento del objeto que fuimos, ese objeto cuya naturaleza consiste en ser un condensador de goce, goce excesivo cuyo freno la moral quiere producir utilizando las mismas fuerzas que plasman la satisfaccion inconsciente.

No hay que ir mas lejos para comprender que la moral se nutre de aquello mismo que condena, siendo un reverso - a veces enloquecido - de la actividad pulsional que mantiene viva esa pasión oscura que consiste en considerarse a sí mismo un modelo, a la vez que se nutre, en lo social, con la condena estricta de quienes no siguen las normas a las cuales está encadenado. Freud pensaba que esta función (no reducible totalmente en los seres humanos) se encontraba ejercida por una instancia especial, fundamento de la conciencia moral, pero totalmente inconsciente a la que llamó superyó. La denominación es particularmente irónica, ya que formar esta instancia es preciso una funcion de represión de la actividad pulsional que su energía vaya a constituir, por el reverso, una zona del yo destinada a justificar y ejercer el control sobre esa represión a la vez que, y esto es lo notablemente irónico, satisface la pulsión aparentemente combatida, por la utilizacion de su mismo ímpetu. Es decir que mantenemos a raya a nuestras pulsiones alimentándonos de su fuerza, a la manera de un titiritero que utiliza su mano para hacer que el personaje que anima se golpee la cabeza.

La moral entonces, tiene esa cara oscura, y sobre todo por su origen "social" ya que muchos de nuestros preceptos morales tienen escondida una demanda del Otro que nos ha educado. En su corazón yacen las identificaciones que mantienen nuestro yo, negando así la división que Freud había colocado en el Yo mismo en su artículo póstumo "La escisión del yo en el proceso defensivo" ( 1940) donde afirmaba que "ambas partes en disputa han recibido lo suyo: la pulsión tiene permitido retener la satisfacción , a la realidad objetiva se le ha tribvutado el debido respeto. Pero, como se sabe, solo la muerte es gratis. El resultado se alcanzó a expensas de una desgarradura del yo que nunca se reparará, sino que se hará mas grande con el tiempo".                                           

La unica vía de solucion para este conflicto - y esto vio con toda claridad Lacan - es el deseo cuya relación con la demanda es la de un resto que se origina entre el amor como objeto de la demanda y el objeto como indicación de la necesidad. Entre ambos, en su división irreductible, ya que no se puede satisfacer lo infinito del amor solicitado en cada demanda, ni el objeto que está más allá de la necesidad, puesto que la lengua ya ha hecho su trabajo, queda entonces el deseo como producto de una prohibición que él se propone trascender. El deseo cuyo componente de insatisfacción sostiene a la neurosis histérica y preocupa al pensar obsesivo, es lo unico que puede impulsar al sujeto en la busqueda de una satisfacción que no será infinita al conseguirse y que renueva una y otra vez el movimiento de la vida. De aquí que Freud confiriera al psicoanálisis el papel de levantar represiones pero no asegurar el rumbo final del deseo el cual deberá ser asumido por el sujeto en relación con una ética singular que le permita atravesar la existencia de manera responsable y gozosa a la vez. Claro que esto es el final de un análisis cuya puerta entreabierta deja pasar a los sujetos uno por uno para situarlos más allá de la moralina que Baudelaire denunciaba estentóreamente.



                                                                 

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