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 Lunes Analíticos


La conciencia, ese artilugio utilizado para justificar las peores tropelías de los seres humanos, vuelve a ser noticia situada ahora como una posibilidad en un futuro no demasiado lejano. Se oyen ya voces entusiastas que  auguran que se va a conseguir una computadora que tenga conciencia de sí en pocos años y que, por lo tanto, se podrá inclusive, instalar la conciencia de un ser humano vivo en una máquina, augurando así la inmortalidad tantas veces estremecida por los escritores de ciencia ficcion y horror y prometida por una ciencia cuya causa final se ha vuelto oscura, impredecible y aun temible.

Sigmund Freud, que tenía de la conciencia una posición muy interesante, tampoco la endiosaba en extremo, para concebirla más que como una region, tal como lo expresó en su Primera Tópica, como un destello, una función transitoria y fugaz, en las vastas comarcas del aparato psiquico que elaboró de manera sostenida a partir de 1900, en la Interpretación de los Sueños, hasta 1938 donde en La escision del yo en el proceso defensivo, mostraba un yo dividido y contrario a la idea de una sintesis de los procesos yoicos. La conciencia como correlato imaginario y especular de un yo dividido no se ve beneficiada por esta condición como lo muestran clasicas psicopatologías psiquiatricas de multiple personalidad o de anulación de la conciencia para ser gobernado durante ese lapso por un aparato pulsional tan efectivo como mortifero en sus acciones. Entonces, si la unidad consciente es discutida, no se sabe que se transferirá a la computadora en cuestión.

Por otro lado el sujeto humano, el ser hablante, no es solamente una conciencia. No solo el inconsciente lo constituye, sino que el cuerpo resulta fundamental para su establecimiento. Como fuente de goce, de deseo, de displacer y de placer, el cuerpo se instala como una materialdad cuya participación en el ser gozante del humano es crucial y de una importancia central. Con el cuerpo se ama, se odia, se investiga, se satisface y se llora. Las pasiones (muchas mas numerosas que el amor y el odio, como lo muestran multitud de estudios clasicos y contemporáneos de filosofía) anclan su ser en el cuerpo y a diferencia de las emociones poseen una estabilidad enorme en la consecución de sus objetivos. Es posible odiar por años y en silencio. Tener curiosidad por una cuestión a la cual entregamos nuestra vida. Amar con constancia y frente a las mas diversas condiciones de la realidad. Habitar una envidia que devora la vida a medida que pasa. En fin, las pasiones tienen esa punta consciente, los afectos, las emociones, pero a la vez se hunden en el cuerpo por medio de los procesos inconscientes y articulan vidas y muertes sin descanso alguno.

Los conciencialistas, me parecen, ignoran todas estas determinaciones en aras de una inmortalidad cuyo precio parece ser no el de conservar un ser hablante, sino simplemente un perceptor memorioso, algo así como el protagonista de Funes el memorioso, notable cuento de J.L.Borges donde su protagonista es un impecable recordador, pero, a la vez, un especie de debil mental a quien la multitud de detalles y circunstancias le impide aprehender lo fundamental de las cuestiones humanas.

Ya, algo de esto, presintíó Lacan, quien en una entrevista de 1977, decía que "La ciencia ficcion es la que articula cosas que van mucho mas lejos que lo que la ciencia soporta de saber enunciado. La ciencia ficcion es el misterio del ser hablante" y agregaba más adelante: "Insisto sobre el hecho de que no hay sino los cuerpos hablantes que pueden hacerse una idea del mundo. El mundo del ser pleno de saber no es sino el sueño del cuerpo en tanto que habla porque no hay sujeto congnoscente. Pero puede haber goce de la palabra. Y la ciencia-ficcion es quizas ese goce: la palabra sin saberlo". De este modo indicaba creo, que el mundo del ser parlante es más que conciencia, es palabra emitida por un cuerpo que goza de eso y que su saber no alcanza a cubrir ese goce por lo cual sólo puede ser indicado por la literatura.

Escribir es, sin duda, una manera de fijar algo de ese goce, de hacerlo perceptible, no exactamente por la conciencia, sino por el cuerpo de cada sujeto lector. El sentido, que no es despreciable, como afirman quienes saben poco de literatura, sino efectivo, surge a partir de una causa, la satisfacción inconsciente
que el ser hablante produce en su cuerpo y que alcanza, cuando el escrito es talentoso, el cuerpo de sus lectores.

Vemos entonces que ninguna persistencia consciente en una máquina, por fina y elaborada que esta parezca, nos procura este goce, esta vibración, que sólo un cuerpo material puede sostener de manera acaso misteriosa. La inmortalidad prometida por este tipo de ciencia no es otra cosa que una finta curiosa, la de evitar pensar en nuestra caducidad, ultimo grado de engaño de una conciencia cuya consecuencias morales siempre son profundamente desastrosas.




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