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 Lunes Analíticos


El problema de la relación entre el psicoanálisis y la ciencia concierne a dos elementos del discurso, su expansion y su objeto. Llamo expansión a la cantidad de cuestiones que la ciencia pretende discernir ya que aunque las ciencias son formas particulares del discurso y de ninguna manera se dedican al "todo", cosa mas bien pretendida por las ideologías, cuando se trata de elaborar una teoría las ciencias son universales, no tratan de todos los objetos, pero cuando tratan de uno, lo convierten en el vasallo de una ley, y las leyes, como se sabe, sobre todo las de la ciencia, son universales. Esto en cuanto al alcance de sus predicados: toda ciencia tiene como objetivo que sus enunciados se transformen en leyes del campo en el cual se desarrollan. El psicoanálisis, en cambio, necesita que el objeto del cual habla se particularice cada vez más y finalmente se convierte en un singular, esto es que sólo valga para un sujeto, resultado de la operación analítica completa. Hablo aquí de analisis que llegan a su término cuasi ideal, no de análisis que se conforman (pero igual es un resultado preciado) con la reducción sintomática y el bienestar subjetivo. Mientras la operación científica es universalización y finalmente el vertido de esos caracteres universales en leyes, el psicoanálisis se mueve en sentido inverso, se particulariza y finalmente, si todo sale bien, se vuelve un discurso predicado uno a uno de los sujetos que pasan por el procedimiento.

La segunda cuestión es el objeto mismo, el cual en la ciencia se eleva a la categoría de generalizable, casi abstracto, no obstante lo cual es tarea de la tecnica traerlo de vuelta a cierta encarnación que permiten los artilugios técnicos. Igualmente el objeto de muchas ciencias (no las llamadas formales, sino las ciencias hipotética-deductivas) alcanza un cierto grado de insustancialidad sobre todo si es tratado mediante la matematización. El psicoanalisis, por el contrario, apela a un objeto cuya matematización es crucial pero irrisoria, ya que en ultima instancia, tal como Lacan lo pensó en sus ultimas elaboraciones, concierne a la carne del sujeto, a su corporalidad viviente, cuyo ordenamiento es indispensable pero nunca absoluto. La carne vive y en este sentido desborda las categorías epistémicas y se constituye como el fundamento del amor, el odio, la curiosidad, la alegría y gran numero de pasiones que se entrelazan con  la lengua y construyen los "destinos" subjetivos. Desde luego que esto no autoriza ningún empirismo ingenuo, puesto que Lacan trabajó hasta sus ultimos días en elaborar hipotesis que articulaban racionalmente la carne y el lenguaje, lo real de las pulsiones (para decirlo en palabras freudianas) y sus correlatos simbólicos. Pero en ultima instancia necesitamos la vida para concebir un psicoanálisis y sólo en aras de la vida y sus complicaciones necesarias, el sujeto puede emerger de los vaivenes pulsionales y construirse un camino. Un psicoanálisis no está hecho para que pensemos los destinos de la humanidad ni para que elaboremos una nueva teoría filosófica, sino para nuestros sufrimientos se atemperen y nuestros gozos encuentren una nueva vía, mas humana, menos torturante, decididamente inteligente y pasionalmente vivible.

Hay una frase de Freud en Analisis Terminable e Interminable que me parece de gran importancia para estas cuestiones y es aquella donde afirma que "La experiencia analitica nos ha mostrado que lo mejor es enemigo de lo bueno, que en cada fase del restablecimiento tenemos que luchar con la inercia del paciente, quien está pronto a confromarse con una tramitación imperfecta". De este modo Freud pensaba que había que para tratar un conflicto actual había que agudizarlo, convertirlo en un conflicto tan presente y potente que convocara a la fuerza pulsional capaz de obtener una solucion sobre el mismo. Pero, por supuesto, esto no implicaba crear un conflicto nuevo, sino en trabajar sobre los ya existentes. Me parece que en este punto la actividad de resolución del análisis se impone sobre su capacidad de investigación de lo psíquico. Y, otro dato, crucial: la actividad del analista se vuelve aquí fundamental, es él quien empuja - literalmente al sujeto, con toda la cortesía, la sutileza y el tacto necesario para evitar una ruptura, pero sin que estas características impidan el aspecto desagradable a la homoestasis del yo, en la que eventualmente puede aparecer la acción del analista.

Es que no hay analista homeostático. Semejante definición puede ser aplicada sí a los psicoterapeutas cuando pretenden reestablecer un estado anterior, pretensión que resulta siempre inútil y perjudicial para los sujetos. Una vez establecida la ruptura con la cotidianidad que supone un desencadenamiento (o un peligro de éste) de la neurosis o la psicosis del ser hablante, no hay retorno a lo mismo. Y el analista en este punto, se convierte en un factor disruptivo, claro está que, transferencia mediante, un análisis puede transcurrir sin ruptura pero no sin sobresaltos. La paz o la temperancia que se obtienen al final de un análisis son efectos secundarios de este empuje al sujeto, para que vaya mas allá de lo que le dicte su principio del placer, observación esta última que no quisiera dejar de subrayar como irónica. 

La frase lacaniana expresada en el Seminario XX según la cual es el amor lo que hace condescender el goce al deseo, se sostiene sólo en el equívoco de la transferencia, y en la soledad de los amantes cuando encuentran que lo que aman en el otro no es su ser, sino lo que Lacan llama en ese mismo Seminario la huella de su exilio "no como sujeto, sino como hablante, de su exilio de la relación sexual". Y es por eso, sigue diciendo Lacan que el amor no es más que un sustituto, de la imposibilidad de escribir la relación sexual y es por vía del inconsciente que se plantea como destino y también como drama. Drama que se desencadena cuando el amor pretender alcanzar al ser del otro. Allí no hay ciencia posible y por ello, el ser hablante tiene que ser capaz de amar algo que está más allá del ser del otro para que su amor no se convierta en el más grande amor, ese que siempre termina, por un giro de su exceso, en el polo del odio.






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