Lunes Analíticos
En 1930, Kurt Godel, un logico checo, expuso lo que hoy se conoce con la celebre fórmula de "teorema de incompletitud de Godel" que dice sintéticamente, que utilizando métodos matemáticos confiables, a prueba de error, siempre habrá problemas matemáticos que no pueden ser resueltos. Cualquier sistema si quiere ser coherente debe ser incompleto, es decir habrá problemas que son irresolubles. Semejante afirmación contrastaba con la de David Hilbert quien había presentado en el Segundo Congreso Internacional de matemáticas realizado en 1900 una lista de 23 problemas que guiarían la investigación en el siglo. Allí profirió su celebre frase "Debemos saber, sabremos", frase que hizo inscribir en su epitafio quizás como una manera de provocar a Godel. La sentencia demuestra una confianza irrevocable en los resultados de la ciencia (en este caso la matematicas) que resuena hoy en los algoritmos que día a día complejizan la trama de internet, buscando una forma de calcular a los sujetos que permita recursos de venta, para convencer de cualquier cosa a los usuarios y "obligarlos" a tomar determinadas decisiones en aras de sostener el mundo capitalista donde la inoculación de goces permite avanzar sin preguntas en el consumo desmedido y en el sosten de determinados sistemas que auguran el retorno de una esclavitud sin fronteras, ahora sostenida por medios electrónicos.
Porque desde el saber se pasa imperceptiblemente al poder y esta satisfacción inconsciente es la que justifica nuestro peores extravíos y nuestra capacidad de maldad, que no es menor, toda vez que se presenta como inocente. Hay en el goce humano cierta capacidad de destrucción que Freud intuyó con su concepto de la pulsión de muerte, una forma de satisfacción que arrastra al aparato hacia su vaciamiento definitivo. Freud pensaba, como lo afirmó al final de su texto nodal " El Malestar en la Cultura" que la lucha entre las pulsiones de vida y las de muerte eran el escenario final donde se jugaria la supervivencia de lo humano, en un combate - dijo - del que solo cabía esperar que "el Eros eterno, haga un esfuerzo para afianzase en la lucha contra su enemigo igualmente inmortal. Pero quien puede prever el desenlace?". Como lo hace notar Strachey, la última frase fue añadida en 1931, cuando la amenaza hitleriana ya se hacía evidente.
Jacques Lacan, por su parte, en su Seminario XI, une las dos pulsiones en el caracter de la pulsion misma, la cual sexual, narcicística y mortal en su devenir traza un arco cuyo recorrido es la vida pero su fin es la muerte colocando así el rasgo mortifero no en otra pulsion, sino en la misma, la que impulsa nuestro amor y nuestro deseo, lo que explica que en el límite, todo deseo es deseo de muerte y todo amor, en su intensidad, colinda con el odio en una transformación que no deja de ser frecuente. Para Lacan, una cierta regulación de ambas pasiones se ejerce en definitiva, sobre el goce que procuran. A veces, a través del Nombre del Padre, a veces a través de cualquier invención restrictiva que mantenga el rostro humano de estas derivas. En cualquier caso una ética que surja de la incompletitud del sujeto, del limite de goce del ser hablante es lo que logra un resultado regulador de esa capacidad de infinito que anida en la satisfaccion inconsciente.
Es así como la postulación godeliana sirve también al sujeto. La castración, un nombre de la incompletitud en la dimensión subjetiva, traza en su recorrido las formas de un deseo, un goce y un amor que tiendan a una vivificación de la existencia, luchando contra la muerte aun cuando se sepa que es el destino final de todo ser vivo.
En este punto se contrasta con la idea de una supervivencia algorítmica donde una conciencia podría ser codificada adecuadamente y así transferida a una computadora que recrearía la subjetividad sin problemas. Semejante pesadilla la vemos como realizada en el cine contemporáneo y en las declaraciones de muchos cientificos tecnocráticos que ven en esta superación de la muerte un nombre de la felicidad. Como dijera Lacan la felicidad se ha convertido en un factor de la politica, citando a Saint Just, revolucionario francés a quien atribuye esta transformación. Y en este sentido, ha dejado de ser un instante, para convertirse en un objetivo.
Se trata de ser feliz, no importe lo que cueste, ni que su consecución arrastre al sujeto hacia su extinción. En un mundo donde las pasiones, admirables en su variedad, se van reduciendo hasta convertirse un un goce salvaje, sólo el psicoanálisis puede mantener viva la dimension del deseo y el amor incompletos, donde su accion alcance al ser del otro, lejos de un Otro gigantesco fuente de locura y desvarío.

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