Lunes Analíticos
Abro aquí, una interrogación sobre un articulo de Freud de 1917, "Complemento Metapsicológico a la doctrina de los sueños", donde se plantea una cuestion interesante. Freud dice allí que "un sueño es para nosotros un indicio de que ocurrió algo que quiso perturbar al dormir, y nos permite inteligir el modo en que pudo efectuarse la defensa contra esa perturbación" con lo cual plantea que el estado de domir debe ser drasticamente diferenciado del estado de soñar. Este último indica que ya estamos, en cierto modo, apremiados por el despertar y operando de forma contraria a este, entonces elaboramos un sueño que vuelve inútil el estimulo que nos conmovio y nos permite seguir durmiendo.
La función de defensa del sueño, frente a lo real de lo que Freud va a llamar en estos parrafos "excitación" es así manifiesta. Y aún más, se ve, si se sigue hasta el final el razonamiento que el inconsciente mismo, que va a producir los sueños, no es mas que una defensa frente a un real que exige despertar. Y que ese despertar se vuelve en muchos casos, tan imposible (como lo real mismo que lo exige) que produce no otro sueño, sino una pesadilla donde advenimos a la vigiliar con un sofoco angustioso o un grito, rastros que lo inconsciente no ha podido tornar aceptable lo ominoso de la exigencia.
Para Freud, todo se localiza en una contradiccion entre el narcisismo propio del estado de dormir que obliga a las investiduras conscientes y preconscientes a entregar su carga para facilitar el reposo y entonces deben recibir una aumento libidinal propio de las pulsiones inconscientes para que el estimulo "interno" productor del sueño puede comenzar a aguijonear al aparato psiquico y ha poner en marcha la defensa contra el buscando convertirlo en una historia placentera que nos permita continuar durmiento. Pero entonces lo que el narcisismo del sueño intenta, esto es, recoger todas las cargas para "establecer un narcicismo absoluto" que haga posible el dormir, fracasa ya que dice Freud que lo reprimido del sistema inconsciente y la excitación pulsional no obedecen al deseo de dormir y por lo tanto permanecen siempre activas, siempre punzantes, siempre insidiosas, frente a un aparato que no logra jamás ni dormido ni despierto la encantadora homeostasis que se postula como finalidad misma de éste.
Ya lo había escrito Jorge Luis Borges "Entra la luz y asciendo torpemente/ de los sueños al sueño compartido", mostrando así que el despertar es equivoco, ya que muchas veces nos sumerge en otro sueño, el de la vigilia que está elaborado también por la defensa, para olvidar lo que pudo ser sugerido como deseo y como goce en el sueño abandonado.
Jacques Lacan, hizo notar en La Tercera, una conferencia dictada en Roma en 1973, que “Tengo todo derecho, al igual que Freud a comunicarles mis sueños. Al contrario de los de Freud, no están inspirados por el deseo de dormir; a mí me mueve más bien el deseo de despertar", es decir que el sueño le interesaba no como un artefacto de elaboración, sino mas bien como un aparato de defensa. Para Lacan, el deseo de despertar, deseo imposible que solo puede ser notado de manera fulgurante, quizás en el encuentro entre una interpretación adecuada y su desarrollo por parte del analizante, tiene un caracter momentaneo, suficiente para conmover algunas defensas pero no para establecerse como un estado subjetivo. La percepción de lo real es imposible, al menos sin alguna defensa que asegure la estabilidad subjetiva de quien percibe, y entonces lo que percibimos no es lo real puro, sino una elaboración quizás menos pretenciosa que la que sostenía nuestros sintomas. Llamamos despertar entonces, a lo que surca de manera instantánea el recorrido de un análisis, momentos donde algo del velo del sueño compartido borgiano, se descorre para darnos una pista del real del cual emergemos.
Volviendo al artículo de Freud, no es extraño que en el mismo se encuentren disquisiciones sobre la esquizofrenia, la amentia, la psicosis alucinatoria y el examen de realidad. Es que los sueños no son para el psicoanálisis esa comarca encantadora donde vemos cumplir alegremente nuestros deseos. Son mas bien, lugares de pasaje, donde el nudo entre lo simbolico, lo imaginario y lo real amenaza muchas veces con desatarse y sumirnos en la angustia. También son indicadores de una elaboración de muchos callejones sin salida, de enredos que el análisis puede deshacer o cortar de un tajo, si la transferencia nos permite esa confianza para asomarnos, momentaneamente, a un momento crucial movido no por el sujeto supuesto saber, sino por el analista con su deseo de despertar.
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