Lunes Analíticos
Leo un texto, denominado Del Trieb de Freud y el deseo del analista, que, en verdad, es la segunda de las intervenciones en Roma, ésta realizada en enero de 1964 que despliega lo que elaboraba del procedimiento analítico Jacques Lacan en esos años. Ya el titulo mismo es una invitación a renovarlo su estatuto, puesto que implica que a la densidad de la pulsión, a su inercia, a su peso, el analista debe oponer un deseo específico que gobierna esa cura, unico modo de conmover en algo lo real del goce que habita la actividad pulsional.
Definiendo alli la libido (esto es la energía sexual de la pulsion) como un quanta de constancia, muestra por analogia con la fisica, que ella no puede determinar un cuánto, ni ser medida, puesto que ella no es mas que "un color-de-vacío: suspendido en la luz de una hiancia". La oscuridad de la frase se aclara (al menos parcialmente) si entendemos que el deseo es deseo de nada originalmente, y que su recorrido por distintos objetos no hace mas que enmascarar el objeto ausente y vacio que lo causa. La abertura que el deseo establece, se abre entre la necesidad, en la cual su objeto está determinado (agua, para la sed, comida para el hambre) y el amor, donde no se espera objeto alguno o cualquiera puede servir, para testimoniar la presencia del Otro. El deseo vacía el objeto y a la vez no se dirige a un otro, sino a una parte de él, irrisión que sólo el amor cuando es legítimo, permite soportar. Lacan agrega aquí que ese campo, el del deseo, por tener esa consistencia de vacío, hubiese dado otro relieve a la moral moderna si esta no hubiese estado tan ocupada en "exigencias idílicas". Una ética basada en el deseo despunta aquí para oponerse a una moral de las necesidades, tan inutil como proclamada en nuestros días, donde todo lo que se presenta como una exigencia subjetiva debe ser satisfecha interminablemente, sin darse cuenta que de esa manera no se hace más que engordar un superyó de exigencias infinitas.
El deseo que Lacan aquí elabora es un deseo sujeto a un interdicto. Es la prohibición del incesto lo que gracias al nombre del Padre permite avizorar para el sujeto un más allá del servicio sexual a la madre y que la rebelión del sujeto contra el Padre, es lo que fundamenta la Ley. Todo esto para mostrar como la castración es lo que "crea la carencia con la que se instituye el deseo". Para situarse en relacion con la Ley del deseo es preciso perder, incluso perder lo que no se tiene, como es el caso de la mujer y este dato nos hace ver que la deuda que esta pérdida supone es simbolica.
Lo que quiere decir que se establece por diferencias y la diferencia que es la fundamental es la sexual que aquí Lacan precisa como cuenta deudora para el sujeto masculino y crédito impugnado para el sujeto femenino. Dos modos de deber que aseguran el ingreso a un universo de la falta, de la incompletitud, de la imposibilidad de borrar la diferencia sexual, cuyo dato real de goce particular será precisado por Lacan muchos años mas adelante.
Sin embargo aquí se subraya la novedad de la castración, que permite resolver el caracter enigmático de la falta deseante y hace que para desear, debemos perder el sentido de la totalidad y movernos en un mundo de fragmentos donde no hay completamiento posible de nuestro ser de goce.
Recordando la frase de Freud del caracter mítico de la pulsion, hace notar que es lo real de la misma lo que es mitificado, segun una operacion ya apuntada por Levi Strauss. Alli lo que pulsion mitifica es la relación de deseo con su objeto perdido y el goce que se reencuentra finalmente, ya que es imposible negativizarlo. Lacan reduce todo este desarrollo a una frase genial y sugerente: "Malaventura del deseo en los setos del goce, que acecha un dios maligno". Ese dios maligno no es más que la Cosa, experiencia inicial de goce, que vuelve una y otra vez a manifestar su exigencia.
El sujeto, descuartizado en su enfrentamiento con el deseo del Otro y con el goce del objeto, intenta "normalizar" este devenir entre sus identificaciones producto del deseo, y las imperiosas demandas de satisfacción de la pulsión, con la propuesta de un fantasma fundamental, origen de su neurosis y de las sucesivas e insensatas demandas de las que no se hace responsable.
Para atender ese aparente callejon sin salida con que la neurosis estruja al sujeto, el analista debe estar provisto de un deseo que hay distinguir severamente tanto de la direccion de espiritu sacerdotal, como de una posición médica basada en una "antigua investidura", la de la dirección de la salud física. Ninguna de estas dos formas puede constituir el deseo del analista, función inédita que Freud promovió junto a la creación de su procedimiento. Este deseo va mas allá de la terapeutica y procura un fin del análisis basado en una transformación del sujeto sometido a el. Es lo opuesto de la transferencia en tanto no asegura al analista como objeto ni de amor ni de identificación, sino como pura pérdida al final de un análisis. Es, en suma, una función que introduce en el goce del analizante, algo de elección, un desplazamiento de las antiguas fijaciones, en un grado seguramente mínimo, pero novedoso.

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