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 Lunes Analíticos

Un autor hoy un poco olvidado, pero escritor de una novela extraordinaria llamada El lobo estepario (1927)  Herman Hesse, afirmó en una novela anterior Demian (1919) "Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros" y el relámpago de verdad que hay en esta afirmación resulta decididamente inquietante, ya que destina el odio al ser ajeno (confundido con su imagen) pero lo vincula directamente con el ser propio, aquello que no queremos reconocer de nosotros mismos. El carácter de extimidad de esa pasión, pasión fría, que es compatible con una planificación cuidadosa de su realización, consiste en colocar lo mas odiado fuera de nosotros haciendo imposible que reconozcamos en eso tan detestado algo que formó parte de nuestro ser. En cierto modo, odiar supone un cierto desconocimiento de sí mismo, pero también una voluntad de exceso que apunta al corazón del otro, procurando destruirle radicalmente.

Sigmund Freud, quien supo apuntar a la verdad de muchas pasiones, decía del odio que es anterior al amor en la constitución del ser propio, puesto que es por un rechazo primordial como nos constituimos, rechazando aquello que no somos, aquello que no queremos ser, para definir nuestro ser por un sentimiento de exclusión preciso. Lo decía en 1915 en un texto llamado Las Pulsiones y sus destinos. Allí afirma que "el odio es, como relación con el objeto, mas antiguo que el amor; brota de la repulsa primordial que el yo narcisista opone en el comienzo al mundo prodigador de estímulos" y oponía las pulsiones del yo a las pulsiones sexuales señalando que era la conservación de sí, lo que prestaba el material a la pasión de odio, mientras que el interés libidinal por el objeto era mas bien proclive a presentarse en la pasión amorosa.

Si el narcisismo, si mas fundamentalmente, una persistencia del propio ser, es lo que funda el rechazo de los otros, entonces comprendemos rápidamente cual peligrosas son las psicologías que basándose en "técnicas" de autoayuda pretenden fomentar el amor a sí mismo de manera totalmente irresponsable, sin comprender que esa inflación narcicistica alimenta el desastre de cualquier subjetividad no sin que antes ésta haya sacrificado a sus semejantes en el altar de la consagración de sí mismo. La pasión narcicistica sin freno alguno, es quizás, lo que explica el incremento sustancial del odio entre clases, razas, pueblos, posiciones económicas, ideológicas o religiosas cualquieras, que se hace presente en nuestra modernidad atrapada entre el culto a la propia imagen y la pasión de la muerte donde se ven delirantemente realizadas muchas de estas hinchazones yoicas. El suicidio del sujeto es compatible con un grado extremado de narcicismo, el cual en vez de proteger de la muerte, la convoca como un dios oscuro que otorgaría la inefable autorrealización.

Si el psicoanálisis nos pone en contacto con esa zona de nuestro ser que desconocíamos y que, muchas veces, por el odio creíamos expulsar de nosotros, es para que registremos cuanta oscuridad vive, de manera extima, en nuestro ser, cuanto de lo que odiamos en el exterior, se reproduce por ese rechazo como una flor maligna en nuestro "interior. De paso destaquemos que esta invención de lo extimo, la debemos a Jacques Lacan y fue Jacques Alain Miller quien la comentó con soltura en un curso de 1985 denominado Extimidad, en donde afirma que "todo esto nos convierte - cosa que nos reprochan - en antihumanistas. Y es que el humanismo universal no se sostiene. No me refiero al humanismo del Renacimiento que esta muy lejos de ser un humanismo universal. Hablo de este humanismo contemporáneo que no encuentra mas soporte que el discurso de la ciencia - del derecho al saber, hasta de la contribución del saber -, de este humanismo universal cuyo absurdo lógico (no hay otra palabra) sería pretender que el Otro sea semejante". En efecto, el discurso de la ciencia pretende que el Otro no tenga nada de real, esto es, de incomprensible al saber. Que lo sepamos todo, que siempre la ciencia nos marque el camino, y que las oscuridades de la existencia  que a veces nos obligan a movernos no por la ciencia, sino por la ética, sean absolutamente disipadas. Un universo de absoluta racionalidad, frío como el odio, universal como la guerra, naturalmente, es lo que la modernidad muchas veces nos propone y ante lo cual debemos resistir con nuestra interpretación que apunta a lo que nos hace diferentes, a lo que nos sitúa en relación con lo mas singular de nosotros y modera, cuida, ese interior rechazado que muchas veces nos sitúa en oposición a los otros humanos.

De paso queda esa apelación al "humanismo del Renacimiento", cuyo misterio develaremos, si es posible, en alguna de estas páginas futuras.







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