Lunes Analíticos
Según Aristóteles las pasiones son la causa de que los hombres se vuelvan volubles y se dan casi siempre acompañadas de placer o dolor, señal de que el cuerpo se encuentra profundamente comprometido en ellas. Afirma en la Etica a Nicomaqueo "llamo pasiones al deseo, la cólera, el temor, la audacia, la envidia, la alegría, el sentimiento amistoso, el odio, la añoranza, la emulación, la piedad y en general a todas las afecciones a las que son concomitantes el placer o la pena" situando así una teoría hylemórfica, es decir aquella que concibe al ser formado por dos principios esenciales como la materia y la forma, y destacando en ella el impacto que significa el producir placer o pena. En este sentido, es inútil convocar a un reino espiritual para Aristóteles, toda vez que su materialismo, sutil pero decidido lo llevó a sostener que las pasiones como el deseo, carecen de creencias y pueden ser provocados por la fantasía solamente.
El deseo, precisamente, se instituye en la antigüedad como una pasión más, mientras que Freud, por el contrario hará de él, un movimiento fundamental del sujeto, una tensión que sostiene muchas veces a las pasiones restantes y hace que ellas vibren de manera diferente si están habitadas por un deseo o por un goce.
El deseo se abre hacia el futuro, indicando al sujeto lo que su ser de goce necesita para actualizarse en placer, sin embargo esa indicación muchas veces, es engañosa, toda vez que el deseo puede dirigirse a objetos cuya capacidad de satisfacción es nociva para el sujeto y en esto me parece que Freud indicó una perspectiva fundamental al hacer notar que es el mal el que habita el nucleo del ser de los sujetos, y la satisfacción de la pulsión por ser absolutamente indiferente al bien, muchas veces se traduce como algo desastroso para la vida de los seres humanos.
La pulsión, esa fuerza incesante que se mueve hacia la satisfacción sin importarle como lograrla resulta sin lugar a dudas, una creación profundamente humana. Asediados por la lengua, el pequeño deja que su cuerpo se vuelva una serie de agujeros privilegiados por los que un ímpetu de satisfacción se ejerce, consecuencia inevitable de la desaparición de los objetos primordiales, por efecto de esa lengua misma.
Hablar, estar en el lenguaje, es entonces un especie de destierro de una ilusoria satisfacción original, satisfacción que es imaginada en el momento mismo de su pérdida, por lo que nuestra búsqueda ( y en eso es clave el deseo) se vuelve infinita e insatisfactoria.
Las pasiones, después de Freud, son en este sentido, variaciones hylemorficas (para decirlo con Aristóteles) del deseo que pulsa y del goce que se obtiene. No sólo dicen de la presencia del cuerpo en todo acto humano, sino también de lo que no está, de lo que el cuerpo sufre (de ahí su nombre uno de cuyos sentidos originarios es el de la repercusión en el animo del espectador de una tragedia), lo que añora, lo que incluso se culpa de no obtener, cuando, en verdad está radicalmente perdido.
Paolo Fabbri ha mostrado que la pasión tiene componentes modales y sobre todo temporales. Modales porque cada pasión enfrenta fenómenos intrínsecos como el saber, el poder, el querer y el deber, y temporales porque las pasiones se desarrollan, se tejen, se expanden o se contraen en el tiempo, Cada una expresa algo de nostalgia (pasado) como de esperanza (futuro) sea en lo relativo al momento de su realización o en lo que concierne a su pérdida o recuperación.
En este sentido la modalización de las pasiones del sujeto es también una consecuencia y un elemento que debe ser tomado en cuenta en la interpretación analítica, la cual tiene que intentar calcular de manera implícita, el movimiento pasional que pude producirse después de ella y evaluar su importancia en la dirección de la cura. No porque el psicoanálisis trabaja con las pasiones sino que ellas pueden obstaculizar o entorpecer la dirección de una cura. Y además porque es con ellas (aunque no solo con ellas) como se obtiene un acto denso, vital y significativo como consecuencia de una interpretación lograda.
La existencia humana sin pasión es un ideal obsesivo que ningún analista puede suscribir. El color de las pasiones, su ímpetu y también su elegante delicadeza es la materia que pinta el cuadro de una cura toda vez que la maniobra significante deje lugar a lo que aunque no se puede decir, constituye un elemento fundamental de una vida que merezca ser vivida.

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