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 Lunes Analíticos


Extraigo de un trabajo luminoso de Eric Laurent, Las paradojas de la identificación, la siguiente frase: "Por eso abordando estas cuestiones de la identificación, Lacan pone de manifiesto la primera regla: que un significante no se contiene a si mismo", de este modo, el sujeto no puede dar una definición de sí, que lo remita a si mismo. Es decir que para definirnos como sujetos, debemos ir de un significante a otro, no hay significante que nos represente por sí mismo. Esto si se nos ha hecho evidente que lo que sostiene el discurrir de las frases es un sujeto, esto es una entidad no sustancial, una posición en el discurso, que sin embargo es distinguida por la expresión "sujeto" ya que, para el psicoanálisis, un discurso siempre define lugar de sujeto, aquel donde los efectos discursivos se hacen sentir con demoledora precisión.

Este sujeto no es el organismo, ni el cuerpo, ni la subjetividad de alguien, sino el lugar que el discurso que lo sostiene, le asigna. Este lugar móvil, se vincula de manera excelente con el mecanismo de la identificación, ya que no contiene en sí mismo ninguna sustancia que lo defina. Mi lugar de sujeto es el que definen los significantes que llevo y esos significantes no son creación mía, sino de la lengua que hablo, por lo tanto es por identificación, por localizarme en relación con alguno de esos significantes, que defino mi lugar de sujeto. Y los rasgos, los significantes, los modos de esa identificación no son míos: los extraigo del universo de la lengua hablada por Otro, los extraigo de ese Otro que me localiza y sitúa transitoriamente en un lugar simbólico o imaginario.

Porque la identificación puede ser con significantes o con imágenes. En el primer caso tenemos una posición subjetiva, en el segundo un rasgo o una conducta. Lo cierto es que nuestro yo, del cual nos jactamos continuamente no es mas que el cementerio donde yacen inúmeras identificaciones, con distintos personajes de nuestra existencia y en modo alguno tiene la consistencia de una entidad monolítica sino que esta formado por esas identificaciones muchas de ellas contradictorias entre sí.

De la misma manera una identificación puede sostener una posición del sujeto y muchas veces observamos que detrás de ciertas conductas que son obsesivamente constantes, se esconde un rasgo identificatorio cuya conmoción por medio de la interpretación o el acto analítico, resulta decisiva. En cierto sentido un análisis, una cierta etapa de él, puede ser concebida como una desidentificación progresiva y calculada, una operación que hace que consideremos nuestros síntomas no como modos de ser sino como productos de nuestra relación con el Otro, relación que conmemoramos continuamente por medio del mantenimiento del síntoma. 

Lacan mismo consideró este movimiento de disolución o al menos de distanciamiento de ciertas identificaciones como un movimiento que no debe proponer al analista como ideal de identificación. Lo cual sería la solución mas simple del problema: abandona tus identificaciones para identificarte a tu vez con el analista, que está mas sano y por lo tanto no te causará ningún mal. Lo cierto es que no solo hay que poner en duda la proposición de salud del analista, como también que no se trata de cambiar una identificación por otra, sino de inaugurar un nuevo modo de existencia, la que guarda con los emblemas que el Otro nos propone una relaciòn cauta y medida. La que no se entrega rápidamente a una identificación sin evaluar antes la causa de su deseo, es decir el objeto que esa identificación vela, oculta, hace desaparecer. Muchas veces, también, detrás de una identificación está un objeto indecible, aquel que constituye nuestros modos de amar u odiar al Otro, aquel que codiciamos, aquel que cifra nuestro goce maligno.

Es por eso que un análisis es una operación de elevada prudencia: aquella que según Aristóteles permite elegir los medios adecuados para lograr el fin que deseamos, un movimiento que se efectúa con decisión pero con cuidado puesto que toca algo central de nuestra estructura, un camino que se desenvuelve, cuando todo sale bien, bajo los auspicios de la transferencia. Esta se transformará hacia el final dejando al sujeto solo con su deseo y su goce, pero ahora capaz de encontrar una vía para relacionarse con los otros, sus semejantes. Entiendo el nuevo amor que Lacan coloca al final de un análisis exitoso como esta capacidad para ir mas allá de si mismo y encontrarse con el otro, el diferente a uno, el extraño y poder amarlo precisamente por no ser semejante a uno.

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