Lunes Analíticos
Extraigo de una carta de Freud a Jones del 10 de julio de 1914 el siguiente comentario: "En contra de mis costumbres, hojee los artículos sobre represión en el olvido que me envió y he tenido que concluir que lo que parece un estándar alto y respetable entre los psicólogos, es de hecho un nivel bajo para el analista" y pienso que esa exigencia de siempre mas, siempre mejor, no fue un invento de Jacques Lacan, sino que el mismo Freud la incluía entre sus requerimientos a sus discípulos. Y esto nos lleva a considerar que una exigencia de tal talante sólo puede ser hecha en nombre de algo que va mas allá del yo del que exige, una esperanza en que los humanos tratemos a la verdad como algo que debe ser respetado y la seguridad de que un planteo de esta naturaleza trasciende lo puramente formal para inscribirse en el bagaje de instrumentos con el que un maestro puede operar sobre sus seguidores.
Conocida es la amabilidad con la que Jacques Lacan recibía, temprano en la mañana, a un Pierre Soury ansioso por discutir con el topología y la generosidad con la que le ofrecía las viandas de una excelente mesa de desayuno, para, al poco de haberse sentado a la mesa exigirle que se levantara y se ocupara de los misterios de la matemática. Esta perentoriedad no estaba motivada por el "mal carácter" de Lacan (cuestión por otra parte tan subjetiva que es irrelevante ocuparse de ella) sino por lo imperioso de la construcción de un saber que Lacan necesitaba para enfrentarse a lo real de la experiencia analítica.
Esta posición que estimula al otro a situarse como agente de su su destino, esta posición de causa subjetiva, es reconocida en todos los grandes pensadores y lideres de la humanidad y está muy por encima del rendimiento medio que la universidad asigna de manera rutinaria a sus mejores exponentes, siempre cuidadosos a la hora de repetir pero mas descuidados en el momento de inventar conceptos y estructuras que capturen lo esencial de una cuestión. Hablo aquí de la universidad como una institución, no de esos ejemplos aislados que confirman, por otra parte, la generalidad de una costumbre.
Siguiendo el rastro de la ciencia (la buena, la que no está en los medios) es interesante preguntarse por la causa de esa premura, de ese interés que trasciende lo meramente circunstancial, para centrarse en lo medular de cada discurso. Y, sin lugar a dudas, se encuentra en en un cruce curioso entre el deseo y el goce del investigador, cruce que testimonia de que una vida de verdad se vive mas allá de las vanidades del yo y de su posición social.
El deseo inconsciente, puesto que, como ya lo había mostrado Freud, si hay algo parecido a un deseo de saber (la antítesis de la represión de la que hablaba antes) este está construido sobre un desplazamiento sorprendente. El que lleva de la curiosidad sexual infantil a una pasión por el saber que, si el desplazamiento es correctamente efectuado, desexualiza la materia original pero manteniendo la curiosidad intelectual con la cual se operará en el territorio nuevo.
El goce, porque, como satisfacción plenamente sentida, la satisfacción intelectual (delicado oxímoron) evoca sin embargo el placer puramente corporal y no se priva de este instrumento para producirse a veces bajo la forma de un goce que cansa o entumece al cuerpo, en su papel sutil de sostenedor de la palabra o el concepto. Pero también, porque no decirlo, aquí el cuerpo es también productor de esa sensación placentera en la medida en que su intrincación con lo simbólico de la palabra o con lo imaginario de la representación le permite gozar de manera medida de una satisfacción que es sentida como tal.
William Thurston, un eminente matemático decía que "la verdadera satisfacción que aportan las matemáticas es aprender y compartir con otros" introduciendo al semejante en un ejercicio abstracto que parecería no necesitarlo y también afirmaba que "nunca nos vamos a quedar sin ideas que necesiten ser clarificadas" mostrando como el mundo intelectual también exige un trabajo para poder gozar de él. No es extraño que quienes se dedican a complejas elucubraciones incluyan también un lugar donde ubicar a los placeres que de ese ejercicio se derivan. En este sentido, son numerosos los matemáticos y los lógicos que rescatan la satisfacción como un componente esencial de la vida humana.
Este practica de proponer nuevas soluciones, tiene su correlato de satisfacción evidente. Sobre todo cuando lo real responde a nuestras elucubraciones dirigiéndose al sitio donde preveíamos que iba a ir, deshaciendo un nudo y componiendo otro al influjo de una palabra, descansando por un instante de su insistencia devastadora. Es ahí donde el psicoanálisis introduce no solo el gusto que brota de la resolución de un enigma sino también el lugar donde el sujeto puede inscribirse, un lugar diferente, donde la solución no es precisamente intelectual sino vital, y la mujer y el hombre pueden encontrar nuevos sitios donde darse paradójicas citas.

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