Lunes Analíticos
Una pasión contemporánea es la de la subjetividad. Lo vemos en muchos escritos de pensadores, donde el termino antiguo de lo objetivo ha dado paso a los subjetivo, a veces de manera desgarradora. En un extremo de la escala encontramos esas formas de entrada de la subjetividad en afirmaciones ligeramente idiotas acerca de la libertad, el consumo o el rechazo de cualquier determinación social sobre el sujeto que cuestionara su unidad y su autonomía. En el otro extremo, hallamos formas sutiles de envanecimiento, como por ejemplo, ese endiosamiento del nombre propio, sin advertir que de propio no tiene nada ya que nos ha sido asignado por el Otro.
Lo interesante sobre este movimiento de la modernidad es que me parece que se ejerce como resistencia y mejor aún como defensa. Ya que ensalzar lo subjetivo es hace desaparecer aquello que sostiene la subjetividad, incluso lo que hace que hablemos de un sujeto en el curso de nuestras investigaciones sobre los efectos de la lengua sobre un organismo humano. Ahí advertimos rápidamente que el sujeto no puede ser ese fundamento de todo, ya que su existencia es la de un parpadeo, la que transcurre de una palabra a otra, la que se desliza entre los intersticios de la lengua. El sujeto no puede ser la base firme de la existencia puesto que el es vacío, como lo mostro muy bien (y Lacan se encargó de precisarlo en numerosas ocasiones) la filosofía de Descartes al reducirlo a una existencia formal, mínima, apenas suficiente. Esto no duró mucho, puesto que el mismo Descartes al postular un Otro de la veracidad, un Dios que no puede engañarnos, llena de nuevo al sujeto con pasiones, ideales, recuerdos y propósitos, hace de el un agente cuya capacidad de acción tan extraordinaria como aparente, no deja de producir escalofríos.
En Freud mismo, la presencia cada vez mas activa de la pulsión constituye un fundamento del aparato psíquico que hace palidecer cualquier autonomía del sujeto consciente e incluso la estructura del inconsciente es al final de la obra freudiana, entendida como una defensa contra el real de la satisfacción enmascarado en metáfora biológica de las cantidades de energía del mundo exterior contra las cuales se levantan los diques del aparato psíquico. Por otra parte para Freud, estas características no le impiden considerar al sujeto como responsable ético de todo lo que pasa en su aparato e incluso esa frase del Yo y el Ello que constituye su divisa "Donde Ello era, Yo debo advenir" ese Yo formal que enmascara al sujeto no deja de advertirnos del carácter ético del inconsciente, tal como Lacan lo establecería en su Seminario XI.
¿Qué sostiene entonces este sujeto frágil y evanescente? ¿Por qué hacer de él un responsable ético de su acción? Según J.A. Miller un análisis se mueve en la dirección de hacer caer los ideales o los significantes amos, que las palabras que constituyen una base (falsa) de nuestro ser se desplomen de manera calculada y que incluso el sujeto, que parecía mantener esos ideales se revele en su sustancia no como causado. Miller hace notar que no solo el significado es un efecto de los significantes, sino que el sujeto mismo, que la contemporaneidad quiere hacer un punto firme de su estructura, es también un efecto. Por eso el final del análisis produce una destitución subjetiva y ante esa caída del sujeto, queda un resto, que es "la causa no significante del asunto". La operación consisten en una vaciado de goce en cada sesión que se recupera puntualmente hacia la próxima, cuando ese goce que se va condensando, densificándose, no puede ser reducido más, hemos construido lo esencial del fantasma del sujeto. Separarlo de la buena manera de esa densidad, es la forma de terminar un análisis, pero no antes que el sujeto reconozca en ese goce, densificado en un objeto irreductible a toda interpretación, la causa de sí. Y lo haga no para endiosarla ni para adherirse a ella sino para verse, por un instante, como causado, lo que derriba muchos mitos sobre la capacidad, el gusto y el poder del sujeto.
Entonces, me parece, es que el movimiento clínico de un análisis, va en contra de un movimiento cultural de la época: el que asigna a los sujetos la posición central, el que promueve un subjetivismo extremo que desconoce la potencia de los objetos que son nuestra causa. Dado que esos objetos no hablan, son resistentes a dejarse decir en el plano de las palabras, su lugar esta ocupado por una subjetividad que parlotea constantemente y desconoce el valor del silencio, del callar, de los actos y sobre todo el amor, puesto que el mejor de los amores es una pasión que convoca a hablar pero que, finalmente, se realiza en el silencio, adónde las buenas palabras deben conducirnos. Y, como dijera Lacan, a qué silencio debe obligarse ahora el analista para que su interpretación indique el objeto verdadero, ese que está en el "horizonte deshabitado del ser" allí donde el sujeto, por definición, no quiere dirigirse.

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