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Lunes Analíticos

 En el notable concierto de preocupaciones de hombres y mujeres, se halla, sin ninguna duda, las preocupaciones atinentes al objeto que se utiliza para convocar al deseo, para acompañar al amor, para producir un goce que en muchos casos no es confesado. ¿Por qué llamar objeto, a ese acompañante tan fundamental? En primer lugar para oponerlo al sujeto, que en las primeras elaboraciones lacanianas era del inconsciente y que, por lo tanto, no se confunde con el yo consciente de la persona. En segundo lugar, para indicar que no es la otra persona la que causa nuestro deseo, sino un objeto de ella, un rasgo a veces simbólico, una parte del cuerpo, un modo de ser. Al mismo tiempo la satisfacción también se asienta sobre un punto objetalizado de nuestro cuerpo o del cuerpo del partenaire. En ningún caso, el otro incluído en la operación de nuestra satisfacción es total, salvo en la vertiente imaginaria del amor (que dura bastante poco, por otro lado) donde la totalidad del otro parece ser lo amado y así, se han cantado hermosos poemas que sin embargo no responden mas que a la exaltación del sujeto enamorado.

En Freud, como lo señaló muy claramente Lacan en uno de sus Seminarios (el cuarto, para los que gustan de referencias bibliográficas) el objeto aparece como perdido. Freud - escribe Lacan - no trata el objeto como un objeto satisfactorio, típico, armónico ni prueba de la madurez del sujeto. Freud insiste en que el objeto en cuestión está perdido y en esa búsqueda a veces enloquecida, se alcanzan solo substitutos que en modo alguno son plenamente satisfactorios.

Esta nostalgia, que une al sujeto con sus objetos iniciales y de lo cuales se encuentra separado, marca el encuentro con una repetición imposible, porque nunca el objeto encontrado es el objeto perdido, nunca se halla el original, por así decirlo que por otra parte además de perdido se encuentra profundamente prohibido, lo que explica que esa pasión por el reencuentro sea de entrada una pasión neurótica.

En verdad, esta experiencia tiene un largo recorrido en la literatura. Todos los amantes que han sido descriptos, tienen la fugacidad de un rencuentro cuando inician una relación, relación que muchas veces se opone a la recomendada por la familia, el mundo o las condiciones de la buena elección. El objeto amado se instala como una pasión que arrasa con convicciones, ideologías y principios. El sujeto (sea masculino o femenino, cada uno de los sexos se extravía de manera particular y diferente) se ve llevado a algo que está mas allá de sí, una experiencia que, aunque equívoca, es fascinante y que puede terminar en el odio mas profundo, puesto que no sólo Lacan, sino también numerosos escritores y escritoras nos lo han indicado, el mas grande amor termina muchas veces en el odio mas visceral y separador. 

Otra cosa es el objeto que causa un deseo, ya que este muchas veces aparece (sobre todo en los hombres) como opuesto al amor,  y en las mujeres, por el contrario, como demasiado confundido con el objeto amoroso, lo cual produce extravíos espectaculares pero también amores que resultan mas profundos que los de los varones. Lo femenino, aquí se instala como una dimensión menos preocupada por los rasgos narcisistas de la prestancia, la parada y la pasión por la imagen, coqueteos que suelen ser más agudos en los varones que en las mujeres, a pesar de lo que dicen las revistas de modas y las malas películas.

En Freud el amor se regula por la repetición y aunque puede establecer con ella una alianza, no escapa de su determinación. En Lacan, por el contrario, un nuevo amor, despunta. Y esto no sólo en el amor loco que renuncia a su objeto, sino también en amores mas regulares y mas regulados, donde una novedad se puede hacer presente. No amar al objeto como esperando de él una satisfacción originaria, sino mas bien como haciendo de su presencia una presencia nueva, algo que se distinga, precisamente, de los objetos que repetición nos hacía amar. Esta novedad, me parece está mas bien del lado del ser hablante mas que del objeto, en la medida en que no siempre es indispensable el cambio de objeto para producir el advenimiento de lo nuevo. 

¿Y el goce, la satisfacción inconsciente? El es la llave que permite, me parece, en el Lacan mas tardío, ordenar las elecciones y las constancias y separaciones  en torno a un objeto. Un amor del cual se goza sería la manera de presentar las relaciones imposibles entre los sexos, sin olvidar al deseo que, implacable, no permite asegurar lo definitivo de estos encuentros.





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