Lunes Analíticos
Demasiadas veces, al enfocar nuestro interés en los objetos del deseo de un sujeto, extraviamos nuestra brújula al ir, insidiosamente, de un objeto al otro, al sumergirnos en el maremagnum de pasiones de cualquier individuo, sin advertir que la buena pregunta no es formulada nunca. De esta forma, considerando las variaciones de una pasión , un análisis puede volverse interminable, dado que enganchada a la deriva de las palabras, cualquier pasión muestra su lado de infinito, su capacidad de variar de objeto pero no de objetivo, su forma multicolor a veces encubierta bajo un gris de constancia que estremece. El deseo mismo, así entendido, tiene ese costado de infinitud, ese interminable discurrir que hace que muchas experiencias analíticas se vuelvan simples histerizaciones de los sujetos sin advertir que la histeria a la par de constituir el corazón de un sujeto, no es, sin embargo, la estación final del recorrido de un análisis.
Por eso Lacan en un texto excelente llamado Observación sobre el Informe de Daniel Lagache, precisa la función del objeto no como un destino, sino como una causa del sujeto. En este sentido, el objeto causa del deseo se distingue radicalmente de cualquier otro objeto y como tal, permite entrever una final de análisis mas allá de los espejismos de la identificación histérica y sus manierismos divertidos pero engañadores.
Hay, escribe Lacan, que "llegar al punto mas allá de la reducción de los ideales de la persona", atravesar ese continente equívoco del ideal para que el sujeto, se vea "como objeto a del deseo, como lo que ha sido para el Otro en su erección de vivo, como el wanted o el wanted de su venida al mundo", es decir como causa de un deseo, el del Otro que lo precipitó a la existencia. En este sentido el sujeto, puro efecto de sus palabras, no es nada, su causa real está en ese objeto que fue para el Otro, en ese objeto de deseo de sus padres, objeto ignorado por ellos, pero altamente eficaz en su función de causación de un sujeto.
Así, continúa, podrá saber "si quiere lo que desea" verdadero saber sobre si, que exije que una etica lo alcance allí donde parecería que la ética no tiene nada que decir. Sin embargo, de nuestros deseos somos siempre responsables, dice Freud en un texto donde se interroga sobre los deseos enmascarados en los sueños. No por soñarlos de esa forma, somos menos los sujetos que deben finalmente, decidir. sobre esos deseos y esto supone un ampliación de la etica, hacia límites poco sospechados por algunas filosofías.
¿Por qué los deseos inconscientes, fundamentales, son los que constituirían un ética renovada para el sujeto? Porque ellos son la ley, se confunden en su estructura con una determinación ética que desde los orígenes de la humanidad no se opone a nuestros deseos mas profundos sino que los encauzan y los protegen. Basta consultar la tabla de los diez mandamientos o el código de Hammurabi (1700 a.c) para notar que lo que allí se prohíbe es lo que se desea y que el deseo y sus éticas están tan intrincados entre sí, que un reformador moral puede convertirse en el agente de ese deseo malvado que intenta erradicar como se ve en la excelente película de Michael Reeves, Witchfinder General (1968).
Detrás de los deseos, está, sin embargo ese objeto que los causó, radicalmente perdido, como afirma Freud, imposible de reencontrar y que sin embargo por su ausencia activa hace funcionar nuestro aparato deseante. Una y otra vez, buscamos y buscamos, nos extraviamos en los laberintos de nuestro deseo y en los corredores de nuestra pasiones sin encontrar nuevamente ese objeto que fuimos y que un análisis nos lo hace entrever por un instante para reducir la inflación de nuestro yo (que afirma una y otra vez que no tenemos causa, a pesar de ser el mismo un conglomerado de identificaciones de otros) y tranquilizar nuestro deseo situando respecto a su causa, mostrando que el objeto que fuimos para el Otro es el motivo por el cual deseamos y deseamos sin mostrarnos satisfechos jamás y que eso, lejos de ser una enfermedad de nuestro ser, es por el contrario, su destino y su ruta.
Es que esos objetos (puesto que son varios) no son solo la causa de nuestro deseo, sino también el reservorio de nuestro goce y por eso separarnos de ellos, es también asegurar un sentimiento de la vida que nos mantendrá, durante un tiempo, de este lado de la existencia.

Comentarios
Publicar un comentario