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 Lunes Analíticos


En una de las cartas que Sigmund Freud escribió a su entrañable amigo Eduard Silberstein, amigo desde los 13 años, escritas en parte en castellano (idioma que ambos estudiaban) y llena de observaciones ingeniosas, dice Freud que es como si "las cosas mas inútiles del mundo no estuvieran ordenadas de la siguiente manera: cuellos de camisas, filósofos y monarcas", indicando de esa manera que su espíritu critico estaba ya plenamente desarrollado . 

Mas allá de que los cuellos de las camisas han sido reemplazados por camisas con cuellos, su señalamiento de la inutilidad de los filósofos y los monarcas resulta a todas luces incisiva. Freud era un un joven que advertía ya lo que años mas tarde iba a llamar el problema de la concepción del mundo, como un nudo difícil de desatar que impregna las filosofías. En ellas, si abordamos la metafísica (esto es una reflexión sobre las condiciones generales y especificas del ser) nos topamos siempre con ideas sobre la realidad que carecen de cualquier comprobación empírica, ni siquiera indirecta. A Freud, que comulgaba con la pasión científica de su tiempo, no le gustaba la idea de un pensamiento que no tuviera algún anclaje con la realidad, es más, desde sus contactos con la neurosis obsesiva sabía que el pensamiento tenía casi siempre la función de alejar al sujeto de su causa y aproximarlo mas bien a un funcionamiento sin sentido, cosa bien aprovechada por gran parte de los filósofos.

Una concepción del mundo era difícil de aceptar para Freud, ya que su pretensión de explicación "total" no estaba de acuerdo con la fragmentación del saber que las ciencias proponían, fragmentación que conducía a obtener resultado coherentes, pero jamás a concebir una totalidad de la realidad. Y, en verdad, las ideas sobre el todo, siempre tienen ese atractivo y fascinación que brota de los grandes errores, mientras que las parciales verdades de nuestro saber, nos desilusionan a la hora de proporcionar explicaciones generales.

Respecto a la filosofía, Lacan tuvo una actitud diferente. Para empezar supo distinguir muy bien que era eficaz y que no, en medio de ese maremágnum de saberes. La lógica, algo de la filosofía de la historia, el método dialéctico por ejemplo fueron trozos de saber con el que construyo sin dudarlo, su concepción del psicoanálisis, pero- al igual que Freud - pero con una actitud mas incisiva, pensó también que las metafísicas eran no exactamente falsas, sino construcciones subjetivas que debían ser consideradas de otra manera. De este modo se valió de Descartes para construir una teoría del sujeto, de Hegel para dialectizar el método analítico, de Kierkegaard para elaborar una concepción de la repetición, de Heidegger para señalar una idea de la angustia, de Platón para rejuvenecer el concepto de transferencia, de Marx una idea para concebir el objeto de goce,  de Aristóteles para indicar un materialismo inteligente que transformaba la idea de sustancia en una sustancia de goce, por citar solo algunos de los filósofos que recorrió a lo largo de su enseñanza.  De todos extrajo algo mientras parecía rendirles homenaje y lugares importantes en su pensamiento, aunque en realidad esos conceptos, topológicamente distorsionados, iban a integrar el edificio incompleto del psicoanálisis y jamás retornaban a la filosofía.

Finalmente, en 1980, condensó toda esa astucia en un vocablo: la antifilosofia, que para mi gusto, es lo que queda de la filosofía cuando ese pensamiento es conducido al agente que lo causa: la lengua y sus efectos sobre la carne, el goce de un cuerpo como causa real de un pensamiento y no al revés. Habiendo anotado muy tempranamente que la metafísica moría con el discutido Heidegger, se propuso, creo, producir un psicoanálisis que pudiera destacar ese lugar vacío y hacerlo imposible de ser llenado. Semejante tarea concluyó, como lo destaca J.A.Miller en colocar el sinthome, ese antiguo síntoma elaborado en su contenido de goce, como meta ultima, en la que el humano podía sostenerse después de un análisis.

¿Y las monarquías? Es un hecho que a Freud no le gustaban por el oropel y la falsa grandeza que desplegaban. Lacan, como Freud, fue un liberal a la antigua usanza, esos que distribuyen el poder en lugar de concentrarlo y de esa manera aseguran también la distribución mas equitativa de los bienes. Ambos pudieron decir, con su obra, una subversión sin precedentes que aún hoy intentamos desentrañar y prolongar.






 


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