Lunes Analíticos
En un reportaje publicado hace un par de días a Glenda Jackson con motivo de su retorno al cine, la estupenda actriz afirmaba que para lograr eso solo necesitaba un esfuerzo común. “Tenía el libro y el guion. Vamos, no es magia. ¿Cómo lo hacen, después de todo, el resto de los actores?” - dijo sin ningún rasgo narcisista ni conciencia por su magnifica labor. Cuando leí eso inmediatamente pensé en los analistas contemporáneos y en cómo ese hacerse uno con el oficio que se desempeña debería ser una ética a inherente a cualquier trabajo, una condición ineludible para ejercerlo.
En verdad, en el terreno analítico, nada hace que el yo de sus practicantes se diferencie del resto de los habitantes de esta tierra, con una salvedad: no es lo que se usa para operar en esta práctica, ni tampoco lo que debe ponerse en primer plano para enseñarla y difundirla.
Ya Freud tenía muy clara esta condición cuando en 1937 afirmaba que "es indiscutible que los psicoanalistas no han alcanzado por entero en su propia personalidad la medida de normalidad psíquica en la que pretenden educar a sus pacientes", frase en la que puede uno deleitarse con la sutil ironía que lleva o, mas bien, debería ser materia de reflexión para cualquiera que practicase el análisis. Ya que Freud descarta, mas adelante que ese concepto de la normalidad del analista sea más que un ideal engañoso, al cual un psicoanálisis no debería prestar mucha atención.
Porque en efecto, con qué trabaja un psicoanalista? No con su yo, al cual debe mantener en una distancia de su operación, ni con su subjetividad, la cual es puesta también en suspenso durante la acción analítica. Por el contrario un analista trabaja con su falta en ser, a partir de la cual, en la transferencia, encarna transitoriamente las posiciones alternativas de la alteridad constitutiva de cada sujeto. Para decirlo con palabras de J.A. Miller, el analista se sostiene de las figuras del Otro, el Otro barrado y el objeto a, sucesivamente y conforme vaya avanzando un análisis.
Para aclarar un poquito los términos diré que el Otro, no es más que las figuras que se constituyeron en centrales para el sujeto en su conformación; el Otro barrado, constituye la dimensión de la castración, la aparición del deseo, el hecho insoslayable que ese Otro del cual provenimos subjetivamente, no es un dios, está afectado por una carencia a partir de la cual constituimos nuestra posición de sujetos en el deseo. Finalmente el analista encarna algo de ese goce, en la figura del objeto a, que el analizante debe (y aquí el imperativo es ético, no terapéutico) modificar o abandonar (aunque sea parcialmente) para modificar su condición de existente. O, en otras palabras, para transformar su impotencia en simple imposibilidad.
Se ve, claramente, que para "curar" ( y afirmo esto con algo de ironía) el analista no utiliza su yo consciente, no se plantea como un ideal para el analizante, no da lecciones de vida ni moraliza acerca de la existencia. Tampoco utiliza su experiencia pasada como analizante, salvo para abandonar sus posiciones yoicas y operar en relación con el sujeto.
En lo cual no es tan singular como parece, porque ¿utiliza su yo el cirujano para operar, el educador para enseñar, el mecánico para arreglar, el artista para producir belleza? En todas las acciones humanas es discutible la intervención yoica, que mas bien tiende a entorpecer el acto a realizar y a buscar duplicados de sí mismo en vez de destacar lo singular del otro, su no colectivizable satisfacción, sus deseos íntimos y específicos.
Para volver a Glenda Jackson, el analista debe parecerse al artista: en la medida en que como su testimonio lo demuestra, su labor no es mas que hacerse uno con su acto, sin magia y sin queja alguna.

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