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 Lunes Analíticos


Recojo, como al pasar unas frases de Jacques Lacan, para reflexionar sobre ellas. Es en el Seminario 23 donde afirma "El amor propio es el principio de la imaginación. El parletre adora su cuerpo porque cree que lo tiene. En realidad, no lo tiene, pero su cuerpo es su única consistencia - consistencia mental, por supuesto, porque su cuerpo a cada rato levanta campamento. Ya es bastante milagroso que subsista durante el tiempo de su consumación, que es de hecho, por el hecho de decirlo, inexorable". Estas frases sin duda, marcan el estatuto del cuerpo como algo imaginario, por un lado, en la medida en que su esfuerzo de totalización brota de la imagen, aquí llamada también, consistencia mental. Pero por otro lado, indican también la condición real del cuerpo, su carácter material, y el estar sujeto a las leyes de una materia que en modo alguno se rige por nuestras imágenes mentales. Es en este punto, creo, donde el cuerpo muestra su capacidad para irse de su imagen, "levantar campamento", con el horizonte de su degradación final personificada en la muerte aludida  en la frase "el tiempo de su consumación". 

Colocar el amor a si mismo como principio de la imaginación constituye algo que no es nuevo en la historia del pensamiento, ya Tomas de Aquino había instalado la imaginación como intermediaria entre el el intelecto y la sensualidad, como la que da al primero las imágenes de la cuales puede extraerse el principio intelectivo de la cosas, pero si detrás de las imágenes, se encuentra como dice Lacan, como gestadora de la experiencia interior, la imagen del cuerpo propio percibida anticipadamente en el semejante, en la experiencia del espejo, es claro que el amor a si mismo es el fundamento de la imaginación. Solo quien se ama a si mismo, amando su propia imagen anticipada en el otro, puede concebir la creación de imágenes como el punto del partida del conocimiento. Por ello Lacan será decididamente critico respecto al conocimiento, siempre lo verá una como metáfora de la relaciòn sexual inexistente, que, en definitiva se sustenta en el amor en su experiencia imaginaria.

Cuando decimos, con Lacan, que la relación sexual es inexistente, no estamos afirmando que no haya encuentros sexuales, sólo que de ellos no puede fundarse una relación en el sentido lógico. Si se afirma que, por ejemplo, la energía es igual a la masa por el cuadrado de la velocidad de la luz, en física esa formula funda una relación, mientras que de los encuentros eróticos resulta imposible escribir una fórmula similar. No es extraño, ya que Freud había afirmado la percepción erótica como fundante de nuestra capacidad de conocimiento, lo que se ejemplifica en los niños cuyos trastornos de aprendizaje aparecen perturbado por fantasías inconscientes de carácter sexual. De aquí que el conocimiento se funda en una suerte de desexualización de la experiencia, pero no puede eludir su origen.

Otra cosa es la ciencia moderna,  cuya ruptura con el conocimiento, podemos situarla a partir del siglo XVII cuando la matematización comenzó a despejar el horizonte de lo real y permitió fundar discursos como el de la física o la química, donde lo imaginario no se encontraba como fundamento. O, al menos, como fundamento exclusivo.

Finalmente, está para Lacan, el "saber hacer" al cual se refiere unas frases antes en este Seminario, afirmando que va mas allá que el conocimiento y además "agrega el artificio" cosa que resulta totalmente lógica, ya que si no hay una ciencia de la sexualidad, si no puede establecerse una formula que de sentido a las relaciones entre los sexos, un artificio, formulado expresamente viene en cada caso, a cumplir el papel, transitorio por otra parte, de una ley.

La artesanía  del amor y la sexualidad cobra para Lacan una importancia creciente en estos últimos Seminarios, ya que permite sostener al ser hablante en su consistencia corporal en el encuentro con el Otro sexuado. Lo artesanal es lo contrario de una ciencia, ya que no se trata de una producción industrial, en serie, sino una por una, cada artificio de relación, verifica su solidez o por el contrario se derrumba, ante el primer embate de lo real.

Que el amor a otro sea un artificio, no le otorga ningún carácter divino, ni tampoco una subsistencia universal. Solo lo singular de su anudamiento hará consistir una cuasi relación, que durará el tiempo que dure, que nos dará alegría siempre que sepamos que su condición de artificio es lo que sostiene su belleza y su poder vivificador.






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