Lunes Analíticos
En el discurrir de la vida cotidiana, valoramos, sin duda, los gestos de amor que hacen que una relaciòn se mantenga, crezca o se diversifique. Sin amor, decimos, la vida no tiene sentido de ser vivida, pero en esa sencilla afirmación se encuentra implícita la creencia de que el amor es un objeto que puede darse o no darse, una cosa extensa (a la manera cartesiana) cuya ubicación espacial hace que sintamos la casa mas llena o los corazones mas henchidos.
Por desgracia, el amor, no tiene ninguna de esas tranquilizadoras características, sino que es mas bien, una relación entre dos seres, que se sostiene, como afirmó Lacan, en lo que falta en cada uno, no en las presencias ni en las virtudes, a no ser que consideremos una virtud exhibir lo que falta, aquello de lo que carezco, para provocar amor en quien me escucha.
Los vínculos del amor y de la castración fueron siempre evidentes para Freud, quien afirmaba que un análisis debía restituir la capacidad de amor y de trabajo, tareas que correspondían al analizante y no a un don del analista, el cual solo debía despejar los obstáculos a esas tareas, pero se debía al esfuerzo del analizante el realizarlas y ponerlas en acto. Para hacerlo, nada mejor que situar un imposible en la vida de cada uno, algo que no puede alcanzarse (pero no por desidia o mala voluntad como afirman los teóricos de la autoayuda) sino por estructura. En Freud, ese inalcanzable está situado en el corazón del problema y se sitúa en la madre - para ambos sexos - entendida como objeto sexual, como destino de nuestro goce, como objeto de nuestras satisfacciones inconscientes. Es curioso que quien nos da la vida (como dicen los partidarios de la maternidades infinitas) sea quien puede quitárnosla, hundiéndonos en los pantanos de una satisfacción que no nos corresponde pero que todos anhelamos profundamente. Por suerte, hay una sola, y es tarea de esa operación llamada castración el interrumpirla y conducirla hacia otras metas. Así es como se genera el amor freudiano, el que lleva a un sujeto al encuentro de otro, para generar esa tragicomedia de equívocos y confusiones que llamamos las relaciones amorosas. Es verdad que en ellas, uno se divierte, pero también sufre y trabaja y extiende su vida procurando hacerla mas placentera aunque no siempre sucede así.
Aquí cumple un papel fundamental lo femenino, es decir, lo Otro, lo que no se deja enganchar en el discurso universalizante del varón, para plantear lo singular de ciertas características, a fin de que un amor no genere necesariamente una nueva religión. Generalmente, cumplen ese papel las mujeres, lo que no es seguro, ya que la femineidad puede encarnarse en ambos sexos, cuando lo singular de una satisfacción se pone en cruz con lo universal de la ley, lo que obliga al lado macho de una relación (como le gustaba decir a Lacan) a ingeniárselas para convivir con esa singularidad. La mejor manera es la generación del amor que cuida, protege y estimula esa capacidad de la otra parte para vivir en la diferencia. La peor, sin duda es el odio, que tiende a hacer desaparecer esa diferencia, simplemente haciendo desaparecer a su portador. Los asesinatos de mujeres, en tanto tienden a acabar con lo diferente, son un prueba atroz de estas afirmaciones. Una mujer se instala casi siempre como objetora de lo universal. Por ejemplo lo universal de la pobreza, esa condición que muchos piensan que es una condición estructural de nuestra sociedad o peor aún, un castigo por lo vago e indolentes que se imagina que son los desposeídos.
Lo cierto es que el amor nos permite vivir mejor, pero a la vez tiene sus riesgos. Por ejemplo, ignorar la castración. "El mas grande amor acaba en odio" - dijo en uno de sus Seminarios Lacan para indicar que no podía vivirse el amor sin la regulación de la castración, sin ese limite que nos mantiene incompletos y ajusta nuestro goce a ciertos indicadores. Pero lo que me parece mas destructivo del amor es su fascinación por las imágenes, eso que hace que sólo consideremos amor lo que halaga nuestros sentidos, lo que encanta nuestra visión, lo que endulza nuestros oídos. Que lo imaginario causa el amor, es cosa sabida, lo que se ignora con mayor frecuencia es que sólo unas palabras y un goce real, pueden hacerlo consistir. Para ello hay que confiar en que un deseo inconsciente tiene que venir a animar de manera contingente esa imagen a la cual rendimos, como seres incompletos que somos, un inevitable tributo.
Comentarios
Publicar un comentario