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 Lunes Analíticos

En la notable obra de Marcel Mauss y de Henri Hubert El Sacrificio, se indica con toda claridad que "el sacrificio constituye un medio que tiene el profano de comunicar con lo sagrado por la mediación de una victima" y lo sagrado es, en consecuencia, siguiendo a Robertson Smith, "lo separado, lo prohibido". Ahora bien, cualquier operación que haga descender a los dioses a nivel de lo humano contamina, por así decirlo, las actividades que son humanas y sociales, como la patria, la propiedad, el trabajo, la persona van entrando en esa categoría, y de esto modo se asegura el fenómeno institucional y social del sacrificio.
Estas simples consideraciones, no parece, explicarían el grado de aceptación que tienen, en ciertas circunstancias excepcionales pero que, por causa de la extensión del capitalismo se van volviendo cada vez mas normales, de una estructura del sacrificio que conecta, cada vez de manera mas frecuente, con aquellos "dioses oscuros" que habitan la subjetividad humana y que son decididamente extraños a la naturaleza.
La noción de "dioses oscuros" la encontramos, claramente enunciada, en el Seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales de Jacques Lacan , cuando indicó que "el sacrificio significa que , en el objeto de nuestros deseos, intentamos encontrar el testimonio de la presencia del deseo de ese Otro que llamo aquí el Dios oscuro".
Es en ese punto, donde el deseo del humano se ve tentado por un mas allá donde habita una satisfacción sin nombre, al cual solo es posible de colmar con el sacrificio de todo "objeto de amor en su humana ternura". Allí el sacrificio conduce a un goce que se hace fuerte en el rechazo de todo lo que media, lo que establece una templanza, lo que sitúa una regulación, para conducir al hombre a su propia destrucción ejercida sin criterio alguno.
Esta forma de aniquilamiento, se ve ejemplificada para Lacan en el nazismo cuya realización de un holocausto a nivel mundial significó una de las formas mas explicitas de ese sacrificio.
Los millones de asesinados fríamente por los lideres nazis y un pueblo que los seguía adormilado en el odio, la indiferencia y la ignorancia, son un testimonio vivo de que la criatura humana padece de una voluntad de exterminio de sí misma, que no admite templanza alguna.
Ya que lo que cada alemán rechazaba del judaísmo era un rasgo que constituía su propio ser: la avaricia con el sentido de la vida, la usura respecto a su propio goce, a la manera de quien dice si no puedo gozarlo yo que no lo goce nadie. Esto, que, en un momento histórico atrapó a un pueblo entero, no es una circunstancia accidental, sino mas bien una constante de la naturaleza humana: el odio a la diferencia, el rechazo profundo de un otro que no es uno mismo y que, como tal, discute la locura de considerar que una raza, una pueblo, una nacion, suponga lo esencial de la condición humana.
Tampoco hay que olvidar que Lacan incluye en esa parte del Seminario una profunda advertencia: la que presenta a los dos objetos pulsionales, la voz y la mirada, alcanzando en nuestro tiempo una extensión planetaria que obliga a uniformar los modos de goce según una lógica que conviene al capitalismo, una lógica universal que tiende a provocar una presencia cada vez mayor del racismo, toda vez que esa extensión universalizadora choca con pueblos, culturas, sociedades que admiten modos singulares de su goce.
En un mundo donde la idea de los dioses se ha vuelto imprecisa e imperceptible, el sacrificio ha perdido ese noción de conexión de la vida social con lo sagrado. Entonces, nos parece, en la medida que la estructura del sacrificio forma parte de su naturaleza, el humano se va a acercando a aquellas partes oscuras de su satisfacción, ese goce innominado que habita las subjetividades. En cierto modo el sacrificio, no habiendo ya un dios al cual ofrecerle, solo deja al humano en la tabla de la ofrenda, tabla para lo cual lo imperfecto, lo azaroso, lo precario del sentido de la vida es inútil.
Así se va consumando un rito del que el capitalismo universal es su sumo sacerdote: solo que es la raza humana la que esta colocada como ofrenda y como decía Freud, al final de Malestar en la Cultura, no es posible predecir el desenlace.
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