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 Lunes Analíticos

Siempre me gustaron las ciudades. Con su orden y su desorden. Con sus intentos desesperados y siempre fallidos de incluir la naturaleza entre sus raíces cementeras. Parques, plazas, paseos, costaneras, bulevares, se entremezclan con asfalto, calles de tierra, negocios, oficinas y escuelas. Hace muchísimos años un poeta William Shakespeare describió a la vida como "todo sonido y furia" y algo de eso existe en las ciudades, que Shakespeare ya conocía y detestaba/amaba con igual pasión.
El psicoanálisis, es también, citadino. Y ciudadano, pero de las ciudades. Londres, París, Viena, Berlín, Barcelona, Buenos Aires, San Pablo, Caracas por nombrar solo algunas, son ámbitos donde se desarrolló y creció esta practica tan extraña.
Freud mismo amaba a su ciudad, Viena, a tal punto que se resistió a abandonarla cuando la furia nazi asolaba sus calles y sólo lo hizo a regañadientes, impulsado por la princesa Marie Bonaparte. Enseguida se enamoró de Londres, su nuevo lugar de residencia, del cual habló maravillas hasta el día de su muerte.
Londres fue también el lugar de residencia y trabajo de su hija, Ana Freud, de su competidora Melanie Klein y del eterno componedor fallido, Ernest Jones. Ahí también estaba Bion. Por un instante, bajo la sombra de la guerra, el psicoanálisis parecía hablar la lengua inglesa, como antes había hablado el alemán y posteriormente hablaría el francés, el castellano y el italiano, por nombrar los mas conocidos.
Jacques Lacan, por su parte, es decididamente parisino, aunque dicen que durante la guerra, intentó convertirse (imaginariamente) en inglés, con sus sacos enormes y sus cuellos mao, con su ironía profunda y siempre mal comprendida, con su humor sutilísimo, con su gusto por la vida que hacía vibrar cada clase de su seminario, Lacan es claramente urbano. Tenía una hermosa casa de campo donde iba con frecuencia, pero para seguir trabajando en una obra que apenas alcanzamos a vislumbrar y comprender. Que se establece no a la manera "francesa", es decir ordenada y correcta, sino con ciertas formas que nos gustaría llamar dadaísta, con su aire de provocación y de exceso.
Buenos Aires también alojó y aloja numerosos psicoanalistas. Y en esa ciudad se ve con toda claridad este enunciado que vincula al psicoanálisis con las ciudades mas que con los países, como si la ciudad fuera un recorte que pone de manifiesto espacialmente lo que la lengua (que es fundamentalmente la patria de un psicoanalista) hace surgir en la temporalidad de los sujetos. Como si una ciudad fuera el máximo de abstracción espacial que un psicoanalista está dispuesto a admitir. Como ciudadano lo es de un país, de una cultura, de un territorio. Pero como practicante del psicoanálisis no puede definirse más que por ciudades. Cualquiera de los analistas que viven en esta tierra puede abonar esa anotación.
¿Y que decir que San Miguel de Tucumán, ciudad en donde vivo? Detestada por quienes aman el aire folclórico de otras ciudades norteñas, diré simplemente que me gusta, a pesar de su compresión, su amontonamiento, sus ruidos y su estrepitosa vida nocturna y diurna. Es un sitio donde también el psicoanálisis florece gracias al intenso trabajo de sus practicantes. Es el sitio donde muchos de nosotros nos formamos, vivimos, estudiamos y envejecemos.
La ciudades con su impronta contradictoria, con su trazado equivoco, con sus oscuridades y luces, con su pobreza material y simbólica, son sin embargo el sitio necesario para hacer oír en cada lengua otra voz, no la del discurso común, sino la del inconsciente, voz que como decía Freud refiriéndose a la razón, no deja de decir siempre lo mismo y a la vez, algo diferente.
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