Lunes Analíticos
El 24 de septiembre de 1923, Freud escribe a Ernest Jones: "Me decepciona profundamente que usted también esté enfermo pues creo que eso debería ser una prerrogativa de mi edad y condición. Pero espero que pronto haya recuperado las fuerzas y vuelva a ser el hombre de antes o se convierta todavía en uno mejor" . En la misma carta le informa a Jones que debe someterse a una nueva operación, una resección parcial de la mandíbula superior, pues el tumor ha vuelto a crecer en esa zona. Una nueva batalla de una guerra contra un cáncer de mandíbula que finalmente terminaría con la derrota de Freud después de un combate llevado con altura y sin resignación alguna.
No dejan de ser interesante las palabras finales de ese párrafo que interpreto como una broma freudiana: ¿cómo alguien puede ser mejor, luego de una enfermedad? Es que Freud, coherente con su condición cultural de judío, solía bromear ante la adversidad, procurando con ello elevar su condición de sujeto por encima de los aconteceres de la vida. Esta dimensión del sujeto, es una presencia insoslayable en la ética freudiana.
En efecto, solo un sujeto, por endeble que sea su conformación, por precaria y simbólica que sea su existencia, puede definir una posición ética ante la vida y la muerte. No decimos un yo, porque el yo, conforme a los dictados del narcisismo y los efluvios del amor maternal se cree inmortal. Únicamente el sujeto y para ser mas precisos (y modernos) diremos el parletre, el ser hablante, puede situarse de una manera singular y decisiva ante la muerte. Tanto en su ubicación simbólica, como imaginaria y real. Porque la muerte nos coloca en la posición de evaluar que de nuestros nombres sobrevivirán, convertidos en otra cosa por efecto del desplazamiento; cual será el destino de nuestro cuerpo según los ritos funerarios que se estilen y finalmente donde y como se inscribirá nuestro goce. Será un recuerdo interesante para los que continúen o por el contrario, algo desagradable de lo cual vale mas la pena alejarse? Por supuesto que es imposible hacer desaparecer el goce de la vida de alguien, pero ese alguien tiene que situarse frente a él, de asumirlo o rechazarlo por razones que no son de gusto o morales, sino de una decidida convicción. Es aquí donde la sujeción subjetiva, realiza lo que es su preciso acto de libertad, que no contradice la perspectiva de la lengua con su determinación arbitraria, sino que lo que se decide es fijar o no una satisfacción mas allá de su imperio que es innegable.
El ser hablante realiza esta función comprometiendo su cuerpo en ella. Y no podría ser de otra manera, ya que es allí donde habitan las pulsiones, verdadero real de la corporeidad. Y las pulsiones no son mas que ese movimiento que el sonido de la lengua imprime en lo orgánico que, desde entonces, buscará allí donde no encuentre y encontrará ahí donde no quiere hallar.
Como dice un poeta argentino extraordinario, llamado Jorge Leónidas Escudero, "¿Pero es que qué culpa tengo o si/al revés de lo que opina tanta gente/ me complace buscar lo que no encuentro" violentando la gramática para dejar traslucir la exigencia pulsional y la ilusión de creerse inocente de tantos desencuentros.
Volvemos en este punto a Freud, para citar otra de sus cartas a Jones, la del 29 de mayo de 1933 donde refiriéndose a la muerte de Ferenczi escribe: "La pérdida es grande y dolorosa, uno de los aspectos de este cambio es que derriba todo lo existente y abre camino a lo nuevo. Ferenczi se lleva una parte de los viejos tiempos con él; después, cuando yo me vaya, quizás comience una nueva época en la que usted todavía seguirá siendo decisivo. Destino, resignación, eso es todo"
Lo cierto es que Freud supo hacer de su vida, una época. Y esto es lo decisivo de la ética freudiana: una aceptación de lo que él llama destino y mas bien parece ser lo real de su vida, colocando el sello del sujeto allí donde debe estar, lo que le hace decir confiado "eso es todo".

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