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 Lunes Analiticos

La actualidad - como una dama impaciente- me evoca inmediatamente una frase de Jacques Lacan, dicha justamente en su inolvidable homenaje a Marguerite Duras: "Un sujeto es termino de ciencia, por ser perfectamente calculable, y recordar su estatuto debería poner término a algo que al fin y a cabo hay que llamar por su nombre: la patanería, digamos la pedantería, de cierto psicoanálisis" para afirmar rotundamente un poco mas adelante :"están cayendo en algo necio: atribuir, por ejemplo, la técnica confesa de un autor a alguna neurosis: patanería, y demostrarlo como la adopción explicita de los mecanismos que constituyen su edificio inconsciente: necedad". Lo cierto es que la dificultad de numerosos analistas para dejarse engatusar por el hecho artístico, me resulta altamente repulsiva. Me refiero a los que gastan su arte y su parte en "explicar" obras de arte, refiriéndolas a formaciones psicopatológicas como la perversión o la neurosis, sin advertir que como sigue diciendo Lacan en ese escrito que "no tiene que hacer de psicólogo donde el artista le desbroza el camino".
Desde Freud y muy destacado por German García en alguno de sus cursos en Tucuman, sabemos que hay tres posiciones del analista frente a la obra de arte. Una, la que hace psicobiografía colocando en la obra lo irresuelto del autor y sus veleidades subjetivas. Esta posición desde luego, no nos interesa, aun cuando haya sido practicada por Freud mismo en Dostoievski y el parricidio. La segunda, el la que verifica en el obra de arte la presencia de formaciones simbólicas universales: el complejo de Edipo y la presencia eficiente de la castración, por ejemplo. La tercera resulta mas interesante: es la que subraya que, por caminos distintos, tanto el artista como el psicoanalista llegan a conclusiones similares respecto a lo que se juega en una obra de arte. Y a mi juicio, lo mas importante que se desliza en una novela, una obra de teatro, una pintura o un poema es la dificultad para asir con lo simbólico, lo real en juego, dando a la vez las imágenes necesarias para "engañar" al sujeto y arrastrarlo hacia el devenir de una obra, que, cuando es buena (artísticamente, claro está) hace de ese recorrido azaroso y fracasado una conclusión que se sorbe con una pizca de gusto y un mínimo de emoción. El incauto lector, supongamos, no advierte en primera instancia, que ha sido conducido hacia una meseta desolada donde los ideales humanos parecen disolverse y solo queda una oscura satisfacción que mantiene vivas nuestras obras mas importantes.
Ahora bien, al llegar a este momento no quisiera ser acusado de proferir una literatura de la desesperación ya que la presencia está, como siempre del lado del deseo que a veces se alza en esa meseta y que nos conduce por la vida (muchas veces a los tumbos, literalmente) hasta depositarnos en la muerte. Aquí la desesperación no es mas que la otra cara de la esperanza, esa que nos promete un premio que nunca llegará.
En su lugar, la literatura, de manera condensada, nos provee cuando es moderna, de algo parecido a un psicoanálisis, con la diferencia que nada es explicito en ella. Todo está aderezado para que la belleza nos engañe una vez más. Otro tanto ocurre con la música, el teatro, la pintura o la danza, respetando cada una las formas que le son propias. En un análisis, es de esperar que al final, abracemos algo de lo que no es bello en nuestras vidas y lo convirtamos en una razón misteriosa para hacer lo que hacemos.
La obra de arte, en suma, no requiere interpretación, puesto que a diferencia de un síntoma, no provoca (suficiente) displacer y, en ese sentido, que de ella broten numerosos sentidos o ninguno importa poco puesto que hay un goce que obtenemos al contemplarla que vamos perdiendo en los días sucesivos cuando nos dedicamos a entenderla.
Lo que prefiero son analistas capaces de un goce estético (y que puedan renunciar a él para ocuparse de su función especifica) que analistas que, preocupados por hacer surgir un sentido oculto de la obra de arte se extravíen en sus vericuetos y terminen por darnos un metalenguaje vano y sin fundamentos.
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