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 Lunes Analíticos

Hacia 1932 un joven psiquiatra francés, presentaba una tesis, Las Psicosis Paranoicas y en sus relaciones con la personalidad, en cuya introducción estampaba estas palabras que siguen resonando mas de 80 años después: "Es verdad que, en el estudio de las psicosis, cada día parece aportar alguna correlación orgánica nueva; si se presta atención, se verá que esas correlaciones, que no pensamos discutir, tienen solo un alcance parcial, y el interés que ofrecen les viene únicamente del punto de vista doctrinal que pretenden reforzar. No bastan sin embargo para construirlo. No se hagan ilusiones quienes acumulan esa clase de materiales: los hechos de nuestra ciencia no permiten hacer a un lado la preocupación por el hombre"
Tal declaración de principios no pudo hacerla otro que Jacques Lacan, el autor de la tesis en cuestión, dejando claro una dirección que no iba a modificarse en el transcurso de los años: los hechos de la ciencia - glosemos - no permiten dejar de lado la preocupación por el sujeto. Es que pasar de ese hombre indefinido al sujeto del inconsciente llevó a Lacan unos veinte años para situar una aproximación decidida a Freud que interrogaría sus conceptos y daría nuevas respuestas a sus preguntas.
Porque como afirma Gustavo Dessal en su intervención en el Coloquio Jacques Lacan 1901-2001, realizado en Barcelona, la operación de Lacan no consistió en repetir literalmente a Freud, sino en descifrarlo incluso hasta el extremo de proponer analizar el deseo de Freud. Y es en este punto, donde la interrogación de Lacan sobre la psicosis paranoica adquiere un nuevo resplandor, el que sitúa la interrogación de Freud, desde una perspectiva nueva, la de la consideración, primero de los hechos de una dimensión imaginaria del yo, luego de los laberintos que metáfora y metonimia establecen en los juegos del lenguaje; finalmente de los silencios de lo real que suenan atronadoramente en los pasillos y salas de una doctrina y de su hablar indirecto por intermedio del síntoma, la inhibición y la angustia.
La paranoia de autopunición (categoría que Lacan inaugura en ese texto) es, me permito decirlo, su entrada en el universo heracliteano de Freud y, finalmente, su consideración de las enfermedades de la mentalidad y las enfermedades del Otro clasificación que como lo asevera J.A. Miller quizás no es mas que nuestra elucubración sobre "sobre las indicaciones tan fugitivas de Lacan" y que, sin embargo, no alcanza a derribar la clásica tripartición de los seres hablantes, se constituye todo un recorrido. En todos los casos el se orienta por el efecto que la lengua traduce sobre lo real de un cuerpo agitando a la vez las elucubraciones que la imagen imprime sobre la vida.
Lo que resulta impresionante es que partiendo dela paranoia y prácticamente asimilándola a la personalidad a diferencia de Freud que había iniciado su serie con la histeria, Lacan puede producir no solo una renovación total del edificio freudiano, sino también una reformulación que afecta solo algunas de las respuestas dadas por Freud a las numerosas incógnitas que su genio planteaba sobre el sujeto, sin afectar ninguna de sus preguntas, sino contestarlas con nuevos elementos, respuesta que a su vez, engendra nuevas interrogaciones en el vasto programa del psicoanálisis.
Un programa cuya existencia depende, hay que decirlo una vez más, de la existencia del psicoanalista, esto es, su practicante, en cuyo deseo advertimos una fuerza que obliga a no cerrar este programa, sino ha dejarlo siempre abierto para incluir las investigaciones del porvenir.
Es ese esfuerzo de deseo lo que me hace calificar la estructura del psicoanálisis como histérico, en la medida en que las preguntas siempre están presentes, pero a la vez, sus certezas tienden a ser paranoicas por el grado de su convicción, aunque es de esperar que confiar en la respuesta de lo real a nuestras preguntas, es decir, su clínica, aleje al psicoanálisis de ese "fatal destino", siempre presente en un discurso que sigue los pasos de la ciencia.
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