Lunes Analíticos
El deseo de Freud, el inventor del psicoanálisis, el algo para tener en cuenta en cualquier reflexión sobre este discurso. No sólo porque el - como lo notó agudamente J.Lacan - se niega a transformarse en ciencia y, por el contrario, coloca a las ciencias contra una interrogación demoledora sobre su sujeto, sin porque la figura del fundador, Sigmund Freud, sigue estando vigente y su deseo planea sin cesar sobre el panorama de esta practica.
Ahora bien, ¿cual era el deseo de Freud? No me parece nada retórica esta pregunta, toda vez que aludimos en ella al deseo inconsciente, al deseo que lo catapultó para contarse como alguien sobresaliente entre la multitud de los humanos.
El mismo Freud dio algunas pistas al respecto: en la Interpretación de los Sueños, obra capital de su pensamiento, interpreta varios de sus sueños, con una exhaustividad profunda, solo demorada por la discreción que ejerce en algunas de sus notas.
Lo que surge de este interrogatorio sobre el sujeto Freud, es un deseo, el de ser famoso, el de ser reconocido, que años mas tarde en otro texto luminoso y a la vez conmovedor llamado Una perturbación del recuerdo en la Acrópolis (1936) se precisaría sobre un ir mas allá del padre, un superarlo de manera radical. Esto no era difícil, dirán ustedes, toda vez que el padre de Freud era un hombre de escasa cultura, bueno solo discretamente para los negocios. Sin embargo el deseo, forjado indudablemente en su infancia cuando el padre era visto como un ser magnifico, atraviesa la vida de Freud y se encarna en su invento: el psicoanálisis.
Para ello, ese deseo atravesó numerosas estaciones equívocas: la neurología, el episodio de la cocaína, Charcot y la histeria, hasta desembocar en la construcción de un artefacto, la sesión analítica, que daría nuevas ideas, nuevos procedimientos, nuevas concepciones sobre el padecimiento subjetivo.
Que el deseo de Freud era fuerte y decidido es evidente. Tan evidente que se ve con claridad que entre sus críticos y "demoledores" no puede eludirse y se ven obligados a insistir una y otra vez en que semejante deseo no es digno de una serena y objetiva perspectiva científica, que brota de la "neurosis freudiana", mas que un intelecto racional, purificado de esas miasmas.
Lo que me divierte de estas afirmaciones es comprobar, una vez más, que en cierto sentido, son ciertas. Que el camino hacia la construcción del psicoanálisis no puede originarse sino en "la neurosis" de Freud, que el mismo analizó en muchos de sus textos iniciales, colocándose como un ejemplo de sus afirmaciones. En eso creo, obraba como cualquier científico, en quien su deseo inconsciente es, sin duda, el motor de sus investigaciones. Solo que el científico, mediante un pase de manos que se parece a la magia pero que no tiene sus encantadores efectos, hace desaparecer su deseo y aun sacrifica su ser subjetivo en aras de su investigación.
Freud, creó una practica que no es científica, pero no por su armazón y su contextura. Piénsese que Félix Schuster, un epistemólogo argentino, discípulo de Klimovsky, muestra en su muy buen libro Explicación y Predicción como el discurso de Freud no desdeña los pasos del método hipotético deductivo y cumple con los buenos oficios de la epistemología para extraer sus conclusiones.
Al mismo tiempo Foucault al distinguir entre discurso y ciencia muestra que el discurso solo se hace posible por la supervivencia lógica de su fundador. Que en todo discurso siempre hay un momento en que volvemos hacia los orígenes cosa que en una ciencia solo sería una curiosidad historicista.
Pero el problema no es éste, no es la consistencia formal del discurso psicoanalítico, sino sus consecuencias subjetivas, las que hicieron a Lacan lanzar una pregunta que aun hoy resulta demoledora, al afirmar como sería una ciencia que incluyese al psicoanálisis, que mostrase no solo el discurso sino también la operación del sujeto que lo produce.
Pregunta que ningún científico (mucho menos un filosofo) ha podido contestar hasta ahora, y que sigue reverberando en la cultura, mostrando que los deseos inconscientes pueden llevarnos a la neurosis, pero también a nuevas formas de saber, a discursos científicos, y a enunciados sobre nosotros mismos que tengan la virtud de no sólo explicar nuestras extravagantes posiciones inconscientes, sino también, a conmoverlas, aunque sea un poquito.

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